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En la madrugada de 25 al 26 de abril de 1986 se produjo el accidente que destruyó la central nuclear de Chernóbil y, con ella, un gran número de vidas. Una mancha radiactiva se extendió desde Ucrania, todavía en la Unión Soviética, cubriendo un área muy extensa. Ocho organismos distintos de Naciones Unidas coordinaron un estudio, que concluyó que murieron de forma directa 56 personas, y se calcula que por las radiaciones y los realojos (que afectaron a 116.000 personas), en torno a 4.000; pero es una proyección. La cantidad de material radiactivo fue unas 200 veces el liberado en Hiroshima y Nagasaki.
Hace veinte años de ello. Desde entonces ha ocupado años de emisiones y kilómetros cuadrados de noticias y reportajes en todos los medios del mundo, si bien su recuerdo se ha ido diluyendo. Pero su nombre queda grabado en nuestra mente, como sinónimo de catástrofe nuclear, como pavoroso ejemplo de lo que puede causar el hombre metiéndose a aprendiz de brujo, queriendo sacar energía de los átomos, jugando con un fuego cuyos secretos aún no conoce. Eso, por lo que se refiere al ciudadano medio, no hablo del ecologista, que simplemente quiere robárselo a las sociedades libres, para que no prosperen.
Pero ahí el tiro está errado. Lo que causó muertes en la central ucraniana no fue la energía nuclear, sino el socialismo. Las cosas no actúan por sí mismas, sino que dependen del uso que hagamos de ellas. Sería absurdo decir que una bala mató a Abraham Lincoln. Fue John Wilkes Booth quien lo hizo, asegurándose de que ésta atravesaría el cuerpo del presidente. Está claro que Chernobil fue un accidente y no una matanza buscada, como la que había ocurrido también en Ucrania medio siglo antes, cuando Stalin condenó por inanición a 6 millones de personas. Pero de nuevo lo importante no es el instrumento en sí, sino el uso que se hace de él.
En una sociedad de lo más progresista, más incluso que la que quiere Rodríguez que sea la española, como era la Rusia soviética, el valor del individuo se medía por el escalafón que ocupara en el aparato criminal en que consistía el Estado. El poder, razón de ser del socialismo de todos los partidos, es a su vez el objetivo y el instrumento para controlar la sociedad. No se da, como en las sociedades liberales, un control social del Estado. Los funcionarios que planearon, construyeron y gestionaron la central tenían como incentivo cumplir los exigentes objetivos ordenados por la maquinaria socialista, servir los designios de los dirigentes y no atender o considerar las necesidades de la sociedad. Sin control social, sin medios de comunicación en libertad, con unos incentivos que no se dirigen al consumidor sino al superior, sin un Estado de Derecho que defina y proteja los derechos de los individuos potencialmente afectados, el accidente de Chernobil podría haber ocurrido en cualquier momento. Fue una desgracia que el fracaso histórico del socialismo no llegara antes para evitarlo.
José Carlos Rodríguez es miembro del Instituto Juan de Mariana

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