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Columna publicada el 16-03-2004
Fue por la alegría incontenible de Carme Chacón; por sus saltitos, por su impúdica euforia. Por la risita que se le escapaba al día siguiente a ese intelectual, José Blanco. Por el e-mail espontáneo que recibí durante la jornada de reflexión; el que me convocaba a una concentración espontánea que estuvo a punto de acabar en el asalto espontáneo a una sede del PP. Fue por la inmensa felicidad que dibujaban los labios de Carod Rovira a la misma hora que una madre con el rostro desfigurado seguía preguntando dónde estaba su hija, y nadie sabía cómo decirle que había muerto. Sentí asco; un asco físico, visceral, irreprimible.
La izquierda española es escoria. Y la mediática, más. Al Qaeda lo sabe; por eso decidió presentarse a las Elecciones. Puede que ETA acabe de descubrirlo. Si fuera así ya habrá tomado buena nota Ternera de qué es lo que tiene que hacer para poner de rodillas a este país y, de paso, llenar de gozo las almas de tantos progresistas.
Ocurrió igual que el 11-S. El sábado, la enorme maquinaria de la desinformación fue tan rápida y eficiente como entonces. Aquel día no esperó ni a que cayese la segunda torre para ponerse del lado de los asesinos. Quien no lo recuerde dispone de hemerotecas para volver a reírse con los chistecitos de Forges y Máximo sobre la carnicería, y para releer con los ojos bien abiertos la famosa portada de El País del día siguiente a la matanza. De paso, el visitante podría consultar el número de ABC del 15 de Septiembre de 2001, aquél en el que Maragall sentencia que detrás de las acciones de Al Qaeda hay “un elemento muy importante de rencor con base real”.
El gobierno más eficaz y decente que ha tenido España desde que recuperamos la democracia ha sido derrocado por esa máquina (el PSOe no es más que un apéndice secundario de sus engranajes). Sólo necesitó veinticuatro horas para convertir al hombre que más ha combatido al terrorismo en España en el causante del atentado que cometieron los de Ben Laden. Pudo hacerlo porque desde hace un cuarto de siglo dispone del monopolio en la construcción del imaginario colectivo español. Controla todos los resortes que lo forman. Desde la doctrina académica que debe ser difundida y establecida hasta el rebuzno unidireccional del último payaso de la plantilla de Crónicas marcianas. Las ideas, los valores y los códigos de percepción de la realidad de la mayoría de la población están en sus manos. Aznar dispuso de ocho años para quitarle ese poder. No lo hizo. Fue su único gran error. Ya nunca podrá rectificarlo. A Mister Chance una idea así ni se le pasará por la cabeza, y menos ahora, a veinticuatro horas de que la máquina haga de de él un estadista entre las risitas de los suyos. Han ganado. Se acabó la crispación.

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