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Columna publicada el 27-07-2005
Muy pocas cosas alberga el mundo que resulten tan modernas como la tradición histórica, esa creación de la Ilustración que serviría de excusa a la aristocracia inglesa para fabricar la memoria propia y la del prójimo. Así, por ejemplo, el kilt, la faldita plisada con la que se adornan los escoceses de cualquier opción sexual, es una moda muy reciente, de principios del siglo XVIII. Naturalmente, fue ideada por un inglés graduado en Oxford, sir Thomas Rawlinson, quien la impuso por la fuerza a aquellos bárbaros de las Tierras Altas que escandalizaban a los sensibles londinenses con sus toscas vestimentas rurales.
Aunque también aquí lo de discurrir tradiciones es muy del gusto del personal y siempre ha dado mucho juego. Tanta afición hay que, sin ir más lejos, ayer por la tarde, Carod Rovira se inventó otra; una que se va a llamar “Derechos Históricos de Cataluña”. Al parecer, se trata de un ingenioso acervo que legitimará a los catalanes para convertir al Restoespaña en una Comunidad Autónoma sometida a la tutela de las leyes que tenga a bien dictarle nuestro Parlament. Eso, a pesar de que, según razonan los propios camisas negras, tales derechos tradicionales vienen siendo tan históricos y tan secularmente autóctonos como la sardana o el himno de Els segadors.
Porque el imaginario colectivo local se empeña en retratar a nuestros antepasados en ritual círculo y transfiriendo, de padres a hijos, ese lazo identitario que simboliza con la perfección del experimento de laboratorio todos los atributos cívicos del hecho diferencial. Sin embargo, ocurre que el baile nacional es otra tradición inventada hace un cuarto de hora. Tan reciente se antoja que, cuando en 1896 Galdós pretendió incluir sardanas en una obra ambientada en Cataluña, le resultó imposible encontrar información sobre cómo interpretarlas entre sus amigos, los intelectuales nacionalistas del Ateneo de Barcelona; ninguno de ellos las había visto representadas jamás.
Otro tanto sucede con el canto guerrero de aquellos feroces segadores de CiU y el Tripartito que se habrían revuelto contra el malvado invasor español en 1640. Y es que el mítico cantar de gesta ante el que se cuadran los catalanistas, fue compuesto en un pisito del Ensanche barcelonés, hace un rato. Allí, la incendiaria letra sería urdida por un tal Emili Guañabens al calor del brasero. Por lo demás, no se le ocurrió nada mejor al pobre hombre que copiar melodía y estribillo de otra canción, más pornográfica que obscena, que entonaban los campesinos de verdad durante la siega. Vaya, que el entusiasta ¡bon cop de falç! que no deja de reiterar obsesivamente el himno patrio, en la auténtica tradición significa justamente eso que se le acaba de pasar por la cabeza al lector hace un segundo.
José García Domínguez es uno de los autores del blog Heterodoxias.net.

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