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Carné de gallina

Lo revelado por don Pascual es que él tiene carné de gallina. Asunto harto distinto, huelga decir. Una militancia activa, la de Sala en la causa de las aves de corral, que tampoco debiera llamar al asombro a nadie.

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Según leo en los papeles, el presidente del Tribunal Constitucional, don Pascual Sala, acaba de confesar que tiene "carne de gallina". Como si ya de muy antiguo no fuese del dominio público. Aunque para mí que, con el ajetreo de los micrófonos y el ruido ambiente, se han trascrito mal sus palabras. Pues, según yo creo haberle entendido, lo revelado por don Pascual es que él tiene carné de gallina. Asunto harto distinto, huelga decir. Una militancia activa, la de Sala en la causa de las aves de corral, que tampoco debiera llamar al asombro a nadie. A fin de cuentas, lo singular y hasta inaudito sería que gozase de tal sinecura careciendo del mentado documento. Por algo, sin estar en posesión del carné de pita no se suele llegar demasiado lejos dentro del cercado de la Administración.

Acaso de ahí que las desoladas lágrimas de cocodrilo de don Pascual me recuerden una vieja historia francesa; apócrifa, sin duda, aunque eso siempre es lo de menos. Cuentan que en cierta ocasión a De Gaulle se le ocurrió condecorar con la Legión de Honor a un periodista de Le Canard Enchaîné. Sucedió entonces que, tras la solemne ceremonia oficial, cuando el orondo homenajeado volvió a dejarse caer por la redacción, el director lo despidió en el acto. "Pero si yo no la he pedido", protestaría aquel desgraciado. "Da igual: no tendrías que haberla merecido", terció el otro con orgullo antiguo. Así el nivel de degradación de nuestras más altas magistraturas: el simple hecho de haberlas merecido retrata la integridad intelectual y moral de sus beneficiarios.

Solo por eso, bien haría callando nuestra compungida gallinita ciega. Reclame, qué remedio, nuestro acato. Goce de sus dulces canonjías presentes. Saboree la expectativa de las muchas que en el futuro habrán de premiar su obediencia al mando. Siga velando el cadáver de Montesquieu con cuidado de las formas y alguna apariencia de decoro. Y conserve siempre a buen recaudo el carné, no fuera a ser que me lo extraviara; imagínese qué desgracia. Pero no espere encima respeto, don Pascual. Eso no. Acepte que en esta vida no se puede tener todo. Mucho mejor que nadie sabe usted que es como el palo de un gallinero: corta y...

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