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Contra la felicidad

El profesor Monedero espera alcanzar la felicidad gracias a la política. ¡Pobre infeliz!

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El profesor Monedero, de Podemos, ha causado algún revuelo en la corrala mediática al vindicar una idea añeja proveniente de cierta Ilustración francesa, la de la militancia política como apostolado encaminado al logro de la felicidad colectiva. Por cierto, quimera racionalista, esa de la felicidad como horizonte último de la cosa pública, de la que igual participan entusiastas del mercado y socialistas, a fin de cuentas hijos putativos ambos de la filosofía de las Luces. Tan parecidos pese a las apariencias, esperan mucho de la política, los unos por omisión y los otros por acción, porque esperan mucho del hombre. Supremo error antropológico que el profesor Monedero comparte con sus más feroces críticos. Porque del hombre no hay que esperar nunca nada. Y en consecuencia, tampoco de la política. El más lúcido de los escépticos que produjo el siglo XX, Michael Oakeshott, solía decir que los hombres son como los gatos: se toman demasiado en serio a sí mismos. He ahí el peor vicio del intelectual que, como el profesor Monedero, se quiere político: tomarse en serio.

De continuo cegados por la vanidad, los racionalistas, tanto a diestra como a siniestra, barruntan que el mundo tangible terminará por someterse algún día a las fórmulas que ellos han dibujado antes en un pizarrín tras mucho cavilar. Pues, tanto a diestra como a siniestra, el racionalista percibe la política como ingeniería social, como un exhaustivo vademécum donde todo el misterio y la gracia reside en dar con las recetas adecuadas para, acto seguido, obtener cualquier resultado predeterminado. De ahí que la diferencia única entre el profesor Monedero y su peor enemigo resida exclusivamente en el contenido efectivo de la receta de la felicidad. En todo lo demás, coinciden. En todo. Por eso, los que moramos en sus antípodas, cuantos repudiamos la felicidad si nos ha de ser traída por orden societario alguno, solemos simpatizar con el conservadurismo.

Y es que lo conservador encarna una actitud más que un programa político. Al modo intuitivo de su precursor Montaigne, el genuino conservador desconfía del entusiasmo de los devotos de esa falacia, el progreso, tanto da que se presenten como adoradores del Estado o como fanáticos del mercado. Para el conservador, como también dijo alguna vez Oakeshott, la política no es nada más que una fea piedra tallada en la arena de las circunstancias. Apenas eso. De ahí que el conservador prefiera lo efectivo a lo posible, lo razonable a lo perfecto, lo suficiente a lo excesivo, los cambios lentos y seguros a las súbitas tábulas rasas que de continuo andan prometiendo los ilusos sacerdotes de esa diosa menor, la Razón. El conservador es un descreído, alguien sabedor de que la política no es nada más que el muy modesto arte de obrar algún que otro alivio pasajero a los males inevitables de la existencia humana. El profesor Monedero espera alcanzar la felicidad gracias a la política. ¡Pobre infeliz!

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