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De hombres, hombrecillos y otras hierbas

A decir del anfibio Cabañes, ansían acabar con situaciones "por poner un caso extremo [sic], en las que haya grupos de niños jugando a policías y ladrones y grupos de niñas jugando a las mamás". Angustioso, terrorífico oprobio sexista.

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En El día de la lechuza, la primera gran novela sobre la Mafia de Leonardo Sciascia, un personaje divide a la Humanidad en cinco grandes categorías: los hombres, los mediohombres, los hombrecillos, los tomapor... y los cuacuacuá. Hombres habría pocos; los mediohombres igual constituirían género de escasa circulación; el alter ego literario de Sciascia sigue descendiendo después hasta avistar a los ya innúmeros hombrecillos, "que son como los niños que se creen mayores, monos que hacen los mismos gestos que los mayores".

Aún más abajo, atisba a los tomapor..., "que se están convirtiendo en un ejército", según tan fatal como empírica constatación. Por fin, identifica a los cuacuacuá, no menos extensa plaga "que debería vivir como los patos en las charcas, pues su vida no tiene mayor sentido ni mayor expresión que la de los patos". ¿Cómo interpretar la última iniciativa parlamentaria del tribuno José Alberto Cabañes sin conocer tan precisa taxonomía antropológica?

¿Cómo, ignorando la existencia de los cuacuacuá, entender que el Grupo Socialista en las Cortes vaya a instar a los Poderes del Estado a fin de que obliguen a los niños a jugar a la comba durante el recreo? Y es que, hasta ahora mismo, el único deber pautado de los escolares españoles en el patio consistía, como es fama, en tener que hablar en catalán entre ellos, nada más. Escandalosa anarquía neoliberal, ésa imperante durante el "segmento de ocio" de los colegiales, que los cuacuacuá socialdemócratas pretenden saldar cuanto antes.

Así, a decir del anfibio Cabañes, ansían acabar con situaciones "por poner un caso extremo [sic], en las que haya grupos de niños jugando a policías y ladrones y grupos de niñas jugando a las mamás". Angustioso, terrorífico oprobio sexista que, según denuncia él mismo con serena rotundidad, "se ha dado y se sigue dando". En fin, si durante la República al Ateneo de Madrid le cupo decretar la inexistencia de Dios merced a una impecable votación democrática entre sus socios, ¿por qué no va a poder alterar la naturaleza humana el PSOE en el Pleno del Congreso?

Eso sí, procede que el cuacuacuá Cabañes comparezca ese día en el hemiciclo ataviado con sugerente minifalda, medias negras y blusita a juego de generoso escote. ¿O acaso piensa seguir rindiendo servil tributo a los atávicos roles indumentarios impuestos por la cultura patriarcal?

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