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Imposible no ver a aquel príncipe Miskin contemplando su sonrisa frente Mariano Rajoy ante la puerta de La Moncloa. ¿De qué se reiría? Imposible delante del obsceno impudor de esos labios felices no pensar en el otro paciente psiquiátrico que arribó a San Petersburgo también subido a un vagón de ferrocarril. Miskin, el hombre bueno que no fuera capaz de encontrar Diógenes. Miskin, el de la dulce mirada y los largos monólogos que nunca nadie conseguiría descifrar jamás. Miskin, el puro, el huérfano, el cándido. Miskin, el rencoroso, el errático, el iluminado. Imposible no reconocer al personaje de Dostoyevski en esos labios risueños que se restregaban contra la nada en todas las portadas de los periódicos de ayer. ¿Pero de qué se reiría?
Imposible ante el espectáculo de su mueca pueril, absurda, histérica, sin sentido, no recitar mentalmente a la Oriana Fallaci de El Apocalipsis, la que ya no necesitaba sobreactuar porque se sabía a punto de morir: "En la mayoría de los casos el que se sienta sobre el trono de la autoridad política es un hombrecillo cualquiera que tuvo la fortuna de ganar la lotería (...) Para entrevistarlos estuve jornadas enteras con ellos, y puedo garantizarle que en cinco de cada diez casos se trataba de pobres gilipollas."
Imposible frente a ese rictus grotesco no recalar en aquella otra vieja historia. Sobre todo, tras otear los venablos envenenados de la viceautista de cuota, Maite Fernández, el Personaje del Año que –quizá por eso mismo– ya tampoco semeja capaz de comportarse como una persona ni siquiera el Día de Difuntos. La otra vieja historia, esa que cuentan de la noche que se congelaron las cataratas del Niágara; aquella en que todos los habitantes de las cercanías se despertaron aterrados porque, por primera vez en sus vidas, habían escuchado el silencio. Y es que esas tristes palmas de Patxi López y el PSC sólo logran que retumbe mucho más ensordecedor aún el mutismo unánime de Ferraz, ante la liturgia solitaria del suicida que lentamente se anuda la soga al cuello
Imposible no adivinar –otra vez– el infalible instinto de supervivencia de Fouché, el latido de sus siete vidas que ahora se esconden bajo la máscara barbuda que responde por Pérez Rubalcaba. Imposible no entrever en sus palabras al New York Times al girondino que supo organizar el Terror para Robespierre, cambiar su cabeza por la suya en thermidor, servir como probo ministro de la Policía a Napoleón, y ser el primero en acurrucarse bajo el manto del Rey al comprender que todo estaba perdido en Waterloo.
Imposible ante esa sonrisa necia, ida, enloquecida, no invocar a Espriu: "A veces es necesario y forzoso que un hombre muera por un pueblo, pero nunca un pueblo entero debe morir por un único hombre: acuérdate de esto siempre, Sefarad."
¿Pero de qué se reiría?

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