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A decir verdad, lo único que me escama en ese asunto de la Renault Kangoo es que aún no haya aparecido el del medio de Los Chichos debajo del asiento del copiloto. Porque todo lo demás empieza a estar muy claro: el coche fantástico permaneció bajo la custodia personal de Torrente, desde el mismo instante en que fue robado hasta que su morro y el del portero automático de Rubalcaba se toparon el 11-M. Para llegar a esa evidencia basta con repasar la lista del stock anual del Caprabo que ocultaba en su interior. Pues concedamos que pertenecieran al propietario el botellín de zumo Granini, la manta imitación de piel de tigre con interior de cuadros multicolores y los calzoncillos blancos con rayitas verticales azul y rojo. Aún así, cómo explicar el origen del elegante peine de plástico marrón, la discreta bufanda New Kids modelo barras bravas del River Plate, las dos linternas imprescindibles para apatrullar la ciudad; y el de la prueba definitiva, esa casete auténtica de Clásicos de oro volumen dos, el superventas de la década en la red de gasolineras de Cepsa. En realidad, sólo se echa en falta que no hayan encontrado un paquete de Chester como aquel que Amedo guardaba siempre bajo sus calcetines impecablemente blancos, cuando lo del GAL.
Por lo demás, también se comprende ahora que los dos perros de la Policía no fuesen capaces de reconocer el aroma de la dinamita: esa Kangoo ya apestaba demasiado aquella mañana, incluso para los canes, que debieron ser los primeros en olerse lo peor. Apestaba entonces, y cada día que pasa apesta más. Lástima que Del Olmo no se haya animado todavía a ordenar que vuelvan a inspeccionarla en la comisaría de Canillas. Porque seguro que ahí encontrarían lo que aún nos falta para el duro: unas Ray Ban made in Taiwan, la insignia de oro y brillantes del Atleti, la colección completa de discos de platino de El Fari, una pistola reglamentaria del cuerpo, las viandas para prepararle el desayuno del día a Tony Leblanc, y, como ya se añoraba más atrás, el ectoplasma rumbero del difunto finado.
Pero no perdamos toda esperanza de verlo. A fin de cuentas, sería lo propio en un remake cómico del guión de "Z", que es a lo que más se parece la investigación. He ahí, ante nuestros ojos, la magistral adaptación de Santiago Segura sobre el libreto original de Costa Gavras. Particularmente conmovedora la escena final, cuando hasta el gato del apuntador ya ha comprendido que lo que se narra en la cinta es un golpe de Estado. Jean Louis Trintignant, con carita de circunstancias: "Coronel, ¿me respondería la verdad si le pregunto qué vio dentro de la furgoneta el día de autos?". El oficial, perplejo: "Pues, claro que sí, hombre de Dios, estoy deseando decirle que allí no había nada". Y el juez heroico: "Ah, entonces no se lo preguntaré, y así nos ahorramos un problema los dos". Que se preparen en la próxima Gala de los Goya: va a arrasar.

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