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El domingo ganará Le Pen

¿Cerdeará al final gente de Mélenchon si un producto de laboratorio tan ideológicamente amorfo e insustancial como Macron pasa el corte de la primera vuelta?

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Marine Le Pen | EFE

Al contrario que los anglosajones, los franceses todavía siguen siendo bastante previsibles en su relación con las urnas. Así, al igual que es prácticamente seguro que la extrema derecha ganará la primera vuelta de las presidenciales, también se antoja casi seguro que, sea quien sea, cualquier candidato del bloque republicano que se enfrente a Le Pen en el balotage obtendrá la victoria definitiva. En Francia, a diferencia de lo que ocurre en otros países del arco mediterráneo, tanto el grueso de la derecha sociológica como el de la izquierda proceden de una tradición cultural democrática muy arraigada en el sentir colectivo. Igual los unos que los otros son demócratas por convicción sincera, genuina, lo que casi garantiza que, salvo que concurriesen circunstancias catastróficas, el Frente Nacional tampoco esta vez logrará romper el cordón sanitario que el resto de los partidos han tendido en torno a él. Y eso significa que, excepción hecha del candidato socialista, a estas horas ya desaparecido en combate, cualquiera puede ganar.

Cualquiera, tanto el muy elaborado producto de marketing que responde por Macron, hoy candidato natural de la derecha respetable tras la guerra civil interna que desató Sarkozy contra quien tratase de levantar la cabeza desde sus propias filas, como ese inopinado superviviente de misa diaria, Fillon, o el arquitecto del sucedáneo transpirenaico de Podemos, Mélenchon, el mismo que está llamado a enterrar para siempre al viejo Partido Socialista de Mitterrand. Por lo demás, Francia, su electorado, se limita a reproducir el modelo de conducta colectiva que se ha convertido en norma cuasi universal tras el colapso sistémico de 2008. Un modelo que solo ha conocido dos excepciones hasta la fecha. La excepción de aquellos países que en el pasado inmediato sufrieron dictaduras de derecha, como España, Grecia, Portugal o tantas repúblicas sudamericanas, lugares todos ellos donde la revuelta de los perdedores locales de la globalización ha sido canalizada por grupos de izquierda radical. Y la excepción paralela de los antiguos países comunistas del disuelto bloque soviético, naciones donde, por contraposición, idéntico fenómeno colectivo se ha articulado políticamente a través de nuevas organizaciones extremistas de derecha.

Excluidos esos dos bloques por razones de orden histórico, en el resto de los países de Occidente el rechazo social de la nueva división internacional del trabajo (y de las rentas) asociado a la globalización se ha dividido, y en partes casi iguales, entre los populismos nacionalistas de derechas, al modo de Le Pen o Trump, y los simétricos populismos nacionalistas de izquierdas, verbigracia el sarampión bolivariano, ambos empeñados en sacar de su tumba a la soberanía del Estado-nación para hacer frente a la otra soberanía emergente, la de los mercados. En ese sentido, Francia no supone excepción ninguna a la norma general. Conviene recordar, no obstante, que la Historia, como dijo Mark Twain en cierta ocasión, no se repite pero rima. Donald Trump es hoy presidente de los Estados Unidos merced a que la izquierda del Partido Demócrata, los muchos seguidores del socialista Sanders, se negaron a votar por Clinton, a fin de cuentas una conspicua representante de los intereses del establishment, el día de la verdad. ¿Cerdeará al final gente de Mélenchon si un producto de laboratorio tan ideológicamente amorfo e insustancial como Macron pasa el corte de la primera vuelta? Produce miedo solo pensarlo.

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