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Poco después de sentenciar que el Estado es una ficción a través de la cual todo el mundo intenta vivir a costa de todo el mundo, Frédéric Bastiat tuvo el gesto elegante de morirse. Así se libró in extremis de contemplar el gran homenaje que sus afligidos discípulos, los bisabuelos de Chirac, le andaban preparando. Aquel empeño que con el tiempo se convertiría en la suprema obra histórica de los "liberales" franceses: uno de cada cuatro habitantes potencialmente productivos aparcado en el sector público; funcionarios que cobran de media un 22 por ciento más que los ocupados en la economía real; jubilación efectiva a los 58 años para todos los miembros de la Administración, desde el conserje de la puerta hasta los directores generales; la esperanza de vida de esos probos servidores de la República superando en más de cinco años a la de los asalariados privados que sólo satisfacen las vulgares necesidades de la gente...
Con tal legado, lo realmente inaudito es que fuese Sarkozy, y no los trotskistas, quien disputara la segunda vuelta contra la "Zapatera". Porque que haya ganado el tipo que, encima, basó su campaña en decirle a esa tropa que hay que recuperar la cultura del esfuerzo, la responsabilidad, la disciplina y la iniciativa individual es algo que ya entra dentro de otra categoría distinta: la de lo milagroso. Y, sin embargo, la receta práctica con que ha cocinado el prodigio resulta de una simplicidad pasmosa: el gran secreto de "Sarko" era la fórmula de la sopa de ajo. Al cabo, se ha limitado a estudiar con atención todo cuanto los sociólogos de cabecera del Partido Popular prescriben invariablemente a sus líderes, y a hacer justo lo contrario. Lástima que la memoria de la derecha española sea como la de los peces y que también dure tres segundos justos. Razón de que, ahora mismo, nadie en Génova recuerde ya que quien de verdad ha perdido en Francia ha sido el centradito Bayrou, y no esa desquiciada de la Royal.
Así, el flamante presidente de la República se ha esforzado en cometer, anatema tras anatema, todos los pecados que condena el afamado Catecismo del Padre Arriola. Incurriendo, sobre todo, en el más imperdonable de ellos, el único mortal de necesidad y sin absolución posible: plantear el enfrentamiento con la izquierda en el terreno de las ideas, de los principios y de los valores; justo el campo en el que nuestros sabios otean por sistema la catástrofe cierta. Mas vayamos preparándonos para el más difícil todavía. Que aún habremos de escuchar a esos cabezas de huevo explicándole a Rajoy que sólo cabe una única vía para emular lo de "Sarko": imitar a pies juntillas la estrategia de Bayrou. Naturalmente.

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