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El indigenismo catalán

La cuestión, la profunda, la genuina, la susceptible de galvanizar pasiones que puedan llevar incluso a la cárcel o al exilio, es la eventual desaparición de la tribu primigenia.

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Carme Forcadell | EFE

Algo en apariencia incomprensible. A decir de esa encuesta última que acaban de publicar en El País, resulta que apenas el 24% de los catalanes desearía seguir adelante con el procés. Pero prácticamente la mitad del censo electoral, un 46% de la población mayor de edad, piensa seguir votando a los partidos que llevan más de un lustro impulsando ese mismo procés. Unos partidos, los que acaban de abocar a Cataluña al peor desastre colectivo desde la Guerra Civil, cuyas principales figuras públicas, Puigdemont, Junqueras y Rovira, cuentan además con la aprobación de, respectivamente, un 46, 43 y 42 por ciento de los catalanes con derecho al sufragio. Dicho de otro modo: la totalidad de los votantes nacionalistas aprueba la gestión de los políticos nacionalistas que provocaron el final desastroso del procés, y ello pese a ser muy conscientes del error fatal que supuso seguir los pasos que condujeron a su desenlace último. ¿Cómo entenderlo? Pues quizá recordando una frase, también en apariencia incomprensible, que pronunció Carme Forcadell en uno de sus mítines callejeros durante el clímax tumultuario previo al gatillazo constituyente. Berreó entonces Forcadell en su histriónico, inconfundible estilo: "Si no proclamamos ahora la independencia, desapareceremos como pueblo".

Ese pensamiento individual (lo más grave de cuanto dice Forcadell es siempre la absoluta, genuina sinceridad con que lo dice) y esa paralela revelación colectiva nada tienen que ver, si bien se mira, ni con el asunto de la economía ni tampoco con el de la relación de Cataluña con el resto de España, el famoso encaje. Bien al contrario, cuando Forcadell se atreve a proclamar en público lo que los demás solo confiesan en privado, esto es, que los verdaderos catalanes se acabarán extinguiendo en tanto que grupo demográfico si no son capaces de imponer ahora la creación de un Estado que disponga de fronteras propias, lo que hace es desvelar el carácter en última instancia indigenista del separatismo. Todo lo cultural, lingüístico y antropológico que se quiera, pero indigenista a fin de cuentas. Para Forcadell, como para ese impertérrito 46% de catalanes que piensa seguir votando toda la vida a Esquerra, el PDeCAT o la CUP aunque se acabe el mundo, se marchen de aquí hasta los puestos de pipas y caigan sobre las plantaciones de peras de Lérida las siete plagas de Egipto, la cuestión no es ni la economía ni el encaje.

La cuestión, la profunda, la genuina, la susceptible de galvanizar pasiones que puedan llevar incluso a la cárcel o al exilio, es la eventual desaparición de la tribu primigenia a consecuencia de las migraciones externas y la baja tasa de natalidad doméstica. Los catalanistas siempre han tenido la inmensa suerte de que en el resto de España nadie lee nunca lo que escriben. Nadie. Nunca. Por eso en Madrid se siguen repitiendo y repitiendo y repitiendo los lugares comunes de rigor sobre la pela y demás convenciones manidas. Pero si los leyeran, los entenderían. Porque desde el introductor de la ciencia demográfica en España, Josep Anton Vandellós, aquel discípulo catalán de Gini, el gran estadístico fascista de la Italia de Mussolini, hasta Anna Cabré, la actual directora del Centro de Estudios Demográficos de la UAB, la crónica obsesión de los teóricos del catalanismo ha sido la continuidad biológica de la tribu, siempre amenazada por el regular asentamiento en Cataluña de contingentes humanos procedentes de otras latitudes peninsulares. Si no se entiende eso, no se entiende nada. Y cuando se entiende eso, ya no se espera nada.

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