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Crisis

El misterio de la soberanía perdida

Esa atolondrada urgencia, el repentino, súbito, absurdo atropello con que el Gobierno pretende saldar una reforma laboral mil veces postergada por desidia, no sólo denota la ciclotímica incompetencia de Zapatero. Y es que la necesidad perentoria de aprobar el decreto "como sea" deja entrever, sobre todo, que de la soberanía nacional poco más resta que una piadosa fachada Potemkin, apenas otra ficción de exclusivo consumo doméstico. Empecinadamente cainitas, en justa correspondencia a la tradición secular del energumenismo celtíbero, los grandes partidos repudiaron en su día suscribir un nuevo Pacto de la Moncloa. Resultaría mucho mejor, barruntaron al alimón, que las reformas nos las impusiesen desde el exterior y por la fuerza, antes que acordarlas de grado y entre nosotros.

Qué le vamos a hacer, los deudos asilvestrados del Conde don Julián somos así. Y a estas alturas del fin de la Historia, pocas esperanzas caben de que se descubra remedio terapéutico a lo nuestro. Consecuentes, ahora, habremos de obedecer a cuanto se nos ordene en Bruselas y Berlín con ese diligente servilismo que aquí siempre hemos sabido reservar para con los de fuera. Y aún debiéramos dar gracias porque en el mundo existan unos genios de las finanzas corporativas todavía más ineptos que los españoles: los alemanes. Al cabo, si la Merkel se ha visto forzada a salvarnos de nosotros mismos no es por improbable piedad luterana, sino por los exorbitantes 140.000 millones de euros en forma de ladrillos hispanos que lastran el porvenir de su sistema financiero. 

Ciento cuarenta mil millones: la mitad –nada menos– de toda la basura hipotecaria importada que se amontona en los balances de los bancos de Alemania. Un delirio a plazo fijo e interés compuesto, ése de la deuda privada peninsular, que, en el fondo, esconde al verdadero causante del nerviosismo algo histérico de los mercados con las cuentas del Reino de España. Por lo demás, y dado que la política continúa siendo el arte de elegir entre lo malo y lo peor, PSOE y PP pueden seguir cultivando el disenso y eternizar su reyerta de muleros, tan grata siempre a los descerebrados de las dos aficiones. A fin de cuentas, ya hemos llegado al fondo del pozo, pero aún procede cavar hacia abajo. Ánimo, pues.