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Sucede que un tal Montoya, perspicaz comerciante del subsector de la pornografía, se ha asociado con cierto Francisco Muñoz que se dice consejero cultural del Bellotari, al objeto de distribuir revistas X con cargo a la Junta de Extremadura. Y, necesitados como estaban de alguna coartada formal con que justificar la financiación pública del business, han recurrido al ardid de adornar a sus garañones y meretrices con motivos de la imaginería tradicional católica.
Otros compañeros recalifican solares, el Montoya y el Muñoz, más ingeniosos, se han montado su propio sex-shop. Hasta ahí, normal. Un negociete. Uno más que a nadie que conozca cómo funciona ese inmenso cortijo del PSOE que se extiende de Despeñaperros hacia abajo habría de escandalizar en exceso. Pues el verdadero escarnio del asunto no reside en las imágenes, sino en las palabras. Así, dice el Muñoz en un prólogo, refiriéndose a su igual Montoya, que supone "uno de los representantes de mayor credibilidad artística".
¿Credibilidad? ¿Artística? Pero si lo que representan ese pobre enfermo de Montoya y su cuate Muñoz es la España más tosca, más zafia, más elemental. La España inferior. Esa España mísera incluso en su imaginario sexual, la del póster de Interviú en la pared y los whiskys de garrafón en puticlub de carretera. La España palurda y obediente hasta la nausea con la norma del Poder; esa que ahora pretende disfrazarse de falsa heterodoxia iconoclasta.
¿Provocadores, los Montoyas y los Muñoz? Sí, hombre, tiemblan los más encumbrados poderosos de la Tierra cuando abren la boca nuestros Muñoz y nuestros Montoyas. Pero sólo ellos. Porque estos implacables titanes de la libertad responden a una nueva tipología de héroes que se singulariza por la combinación de la audacia global sin límites con una cuidadosísima prudencia local.
De hecho, la gansada del Montoya y el Muñoz resume en sus personas una eclosión jamás vista de paladines en la lucha contra todas las normas y convenciones tradicionales: la que empezó en España justo el mismo día que Franco se murió tranquilamente en la cama. De ahí, el caudal permanente e inagotable de las rebeldías incendiarias; de ahí que a estas horas sean legión entre nosotros los Montoyas y los Muñoz con despacho oficial y VISA Oro. Al cabo, ellos representan la consecuencia última de la democratización de la épica: la epopeya revolucionaria gratis total y al alcance de cualquier payaso.
Aunque para mi tengo que en cuanto ese Muñoz se entere de que El Corán cita a Cristo hasta noventa y tres veces, reconociéndolo incluso como profeta de Alá, se le acaba la "credibilidad artística" al Montoya en cinco minutos. Al tiempo.

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