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En el ramillete de lugares comunes, frases hechas y perogrulladas que da forma al no pensamiento político español contemporáneo, dos prejuicios sobresalen por lo obsceno de su desprecio al sentido común. El primero es un estomagante mantra que recitan a coro –juntos y revueltos en feliz promiscuidad– derecha, centrocuentistas e izquierda. Me refiero a esa cansina cantinela que pretende que el tan loado Estado de las Autonomías ha servido para resolver algún otro problema estructural que no fuese el de endulzar vidas y haciendas a las diecisiete castas locales que ahora lo parasitan.
El segundo, corolario del anterior en el fondo, ordena que liberales y conservadores debiéramos experimentar un entusiasmo extático por la Monarquía; una apasionada adhesión sentimental que fuera más allá del justo reconocimiento a la innegable superioridad estética y ornamental de esa forma de estado sobre cualquier otra conocida. Como si el simple hecho de que Cándido Méndez guste de pasear por la Castellana a los sones del Himno de Riego refutara el aserto de que la verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero. O como si lo escandaloso fuera ese impostado jacobinismo de charanga y pandereta que escenifica la izquierda para tener entretenidas a sus bases durante las fiestas de guardar, y no ciertas ceremonias institucionales que aún permanecen vivas en todas las retinas.
Ceremonias como la de la inauguración del Fórrum de Barcelona, en la que al jefe de Estado se le brindó –sin protesta suya aparente– el tratamiento que el protocolo aconseja para las visitas del alcalde de Monforte de Lemos. O escenas como aquella otra del presidente del Gobierno siendo agasajado en la provincia de Álava con la liturgia propia de un encuentro en la cumbre entre dos mandatarios de potencias vecinas. Esperpentos ambos que no fueron más que el reflejo plástico de la metástasis de nuestro cáncer civil: la crisis de legitimidad de la propia idea de España. Una enfermedad, la única crónica con la que está llamada a vivir esta generación hasta la secesión definitiva de Cataluña y el País Vasco, para la que la forma de estado elegida en la Constitución del 78 no parece haber ofrecido alivio significativo alguno, por modesto que fuese.
Y desventura que, hoy, nos invita a unos pocos a fantasear con la ucronía de un presidente de la República elegido por el sufragio de todos los españoles; es decir, investido directamente en las urnas por los vascos, los catalanes, los navarros y el resto de nuestros compatriotas. Una figura institucional que, aunando en su persona las magistraturas de jefe de Estado y jefe de Gobierno, habría galvanizado por sí misma –merced a la inatacable hiperlegitimación de su autoridad– esa trama de afectos, ese sentimiento unitario español que ahora mismo agoniza en los suplementos de la prensa rosa.
Pero, en fin, ya se sabe que los sueños, sueños son.

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