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Columna publicada el 18-05-2004
Prueba del profundo europeismo del PSOE es que ha decidido enviar a Bruselas a Josep Borrell, un hombre al que el propio partido repudió, por indigno, como candidato a la Presidencia del Gobierno de España dada su cercanía a la gran corrupción de la era felipista. Y prueba del profundo acierto que supuso aquella decisión fueron las impagables imágenes televisadas de González dando por terminada una rueda de prensa en Barajas del jacobino de Lérida con un imperativo “venga, venga, que nos vamos”. Bueno, pues parece que ya están de vuelta los dos, el mandado y el que nunca ha dejado de mandar.
En sus tiempos de ministro autista ante la cleptocracia institucionalizada, Borrell ganaba las elecciones desde los despachos de la última planta de la Delegación de Hacienda de Barcelona. Ahora, súbitamente repuesto de su grave afección, quiere hacer lo mismo desde los cuarteles del Ejército del Majdi, en Nayaf. Y en su fijación arabista, alguna fibra muy personal le debe tocar la foto de la soldado norteamericana sujetando con una cinta a un prisionero musulmán. Porque, desde que se publicó, no deja de repetir que eso “no tiene nada que ver” con lo otro. Lo otro son los crímenes de Estado que se cometieron cuando él no necesitó llevar ninguna correa al cuello para ser la voz de su amo; el silencio de su amo, mejor. Y es que durante los años del plomo hubo en España un culiparlante de León y un jacobino mudito de Lérida que no se enteraron de nada de lo que ocurría a su alrededor. Casualmente, aquello los pilló cuando estaban mirando para otro lado. Era la época en la que la dirección socialista sólo creía en la paz de los cementerios, y por eso consideraba ocioso desplazarla al programa electoral, y menos a un Fòrum en Barcelona.
De todos modos, en algo asiste la razón a Borrell. Porque, efectivamente, lo del GAL no tuvo nada que ver con esas vejaciones a la dignidad de los detenidos realizadas en Irak por una soldadesca grosera y, seguramente, alcoholizada. Al contrario, si a algo se parecieron aquellos crímenes fue a las imágenes de la bárbara decapitación de Nick Berg. Como él no sabe nada de todo eso porque estaba muy ocupado persiguiendo a los corrutos en sus batidas fiscales en Camprodón, alguien de su partido, por ejemplo, Pérez Rubalcaba debería explicar a Borrell cómo aparecieron los huesos de lo que quedaba de Lasa y Zabala cerca de una playa de su querido Mediterráneo. Aunque tal vez sí lo sepa, y seamos los demás los que hemos malinterpretado su “nada que ver”.
La autoridad moral del partido socialista para hablar de la paz y del respeto a los derechos humanos yace enterrada desde hace muchos años bajo una montaña de cal viva. Exactamente, desde el principio de una legislatura en la que Josep Borrell Fontelles, como miembro entonces del Consejo de Ministros, fue parte activa y coautor solidario de todas las decisiones políticas que emanaron de aquel gobierno. Y ahí seguirá por mucho que el candidato se ponga nervioso cuando se lo recuerden, y corte a quien le refresque la memoria con otro “venga, venga, que nos vamos”. A Irak, claro, no a recoger las maletas de Felipe González como aquel día en Barajas.

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