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Basta releer las "Crónicas parlamentarias" del joven Pla para comprender cuán absurda resulta esa nostalgia republicana que también ha acampado por aquí, en Casa Nostra. Pues cómo habría de volver aquel viejo espíritu de la República, si en realidad no se marchó nunca. Así, tan pronto como el 16 de Agosto de1931, en una pieza que podría publicarse mañana sin que ningún lector doméstico se llamase a escarnio, el de Palafrugell ya descubrió el Santo Grial que desde entonces, y sin interrupción, ilumina la cosa pública en Cataluña. "Nuestra política va entrando en el terreno de la magia pura, y el más insignificante de los adjetivos usados para referirse a los hombres es genial", observaba el maestro; para luego ilustrar su hallazgo con la descripción del encuentro entre un Mister Baldwin, primer ministro de Inglaterra por entonces, y cierta "gran personalidad" de la región, de la que no ofrece ni santo ni seña; aunque, por el contenido de lo que pronto se ha de revelar, igual podría haberse apellidado Pujol que Maragall, Mas, Carod o Montilla.
Y es que la prosaica vulgaridad de aquel inglés colmaría la paciencia de nuestro eterno contemporáneo, al punto de que un cierto asombro inicial concluiría en franca y escandalizada indignación por parte del probo nacionalista. No había para menos, ya que tamaño patán británico sólo parecía interesado, según luego se le confesaría a Pla, en platicar sobre el estado del utillaje de nuestros puertos, los sistemas de transporte, el nivel de las carreteras, el grado de racionalidad y de coherencia de esos elementos tomados en su conjunto, y otras groserías de similar calado. Se comprende, pues, que, terminado tan aciago encuentro, a la pregunta de qué le había parecido el tal Mister Baldwin, nuestro paisano respondiese:
–Bien. Pero ¿qué quiere que le diga? No me ha parecido genial en ningún momento...
Por lo demás, si hoy procede recordar la soez conducta de aquel hijo de la pérfida Albión, sólo ha de ser por engrandecer aún más al tribuno Pep Montillà i Aguilerà con tan gris contraste. Y es que tras dos genios inigualables, Pujol y Maragall, el uno abanderado de la vieja tradición carolingia y el otro estandarte de cierta alma escocesa que sólo él supo recuperar, nos faltaba una peseta para el duro. Y ya la tenemos. Ahí está. Pep Montillà dixit: "Lo que yo no soy es nacionalista. En cambio, soy más catalanista que muchos nacionalistas". Por fin, superado el estéril debate en torno al nacionalismo, el genial Pep acaba de abrir el melón discursivo del catalanismo. Ya tenemos en qué andar entretenidos durante los próximos veinticinco años. ¡Alabado sea el Señor! Bueno, entonces, empecemos sin demora. Venga, toma nota, Pep: Pompeu Gener, 1887, patriarca del primer catalanismo, uno de aquellos genuinos capullos que alumbrarían a la delicada mariposa:
Diríase que al echar a los moros, los astures y los castellanos viejos a medida que avanzaban iban siendo presa del espíritu africano. Los sarracenos perdían terreno, pero ganaban influencia. Así Castilla la Nueva se sobrepuso a la Vieja, y a Castilla Andalucía, y a Andalucía el elemento moro-agitanado, y éste a toda España. En cambio, los elementos de la raza catalana son, prescindiendo del elemento autóctono primitivo, el celta, el griego, el romano, el godo y por fin el franco. Razas fuertes, inteligentes y enérgicas.

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