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Columna publicada el 08-03-2004
A estas alturas de la campaña ya parece incuestionable que Zapatero va a contar con el apoyo irrevocable de Leo Bassi y de Carod Rovira para formar Gobierno. De todos modos, no hay que descartar que le lluevan nuevas adhesiones de última hora. Sin ir más lejos, Pasqual Maragall insinuaba ayer en El País que, llegado el momento de la verdad, los diputados de su partido podrían acabar decantándose por del lado del PSOe. Así, en el artículo que firmaba el presidente de la Generalitat, llegaban a tal extremo los guiños de complicidad hacia la organización que eligiera a Josep Borrell candidato a dirigir España, que incluso atribuía al Partido Socialista cierto “parentesco” con el actual Gobierno de Cataluña.
Maragall parece decidido a abandonar su actitud de escrupuloso respeto al principio de no injerencia en los asuntos ajenos a los Països Catalans, el imperativo que lo mantiene tan ostensiblemente al margen de la movilización frenética de todos los demás ante las elecciones de Madrid. Por lo visto, el factor que estaría inclinando las preferencias del President hacia el candidato de la Oposición sería, según reconoce, el presunto menor afecto por la Constitución de éste en relación al que atribuye a Mariano Rajoy. Es el suyo un diagnóstico del que se puede decir cualquier cosa, menos que no esté marcado por la modestia socrática que hace inconfundibles todas sus sentencias. De ese modo, y siempre situando el análisis en el terreno de las emociones primarias, lo que llama “el apego” de los populares a la Carta Magna lo atribuye a “la desconfianza”. Sin embargo, simple y venial “inmadurez” motivaría los reparos que identifica en el PSOE ante su proyecto de acabar con ella.
Tampoco nos hurta el artículo esas frecuentísimas tormentas de ideas que se desarrollan dentro de la cabeza del que lo firma y que los catalanes, acostumbrados como estamos a los desperfectos que suelen acarrearnos sus turbulencias, solemos llamar maragalladas. Porque, contra toda lógica, empieza asegurando que el favor que han hecho a la ETA sus compañeros de coalición electoral al Senado es “impagable”. Sin solución de continuidad pasa a repetir otra vez la falsedad de esos imaginarios “pueblos de España de los que habla la Constitución”. Inventa luego que los barceloneses, tras es asesinato de Lluch, nos manifestamos por el diálogo, rebajándonos a todos los que estuvimos allí en silencio a la altura de Gemma Nierga. Antes, había recordado la “ingenuidad” de Carod, y olvidado por enésima vez la de los jóvenes que gritan vivas a Terra Lliure en sus mítines. Reconoce más tarde que “el ambiente se ha encanallado hasta extremos nunca vistos” (lo publicaba el mismo día que un fulano que cobra de gacetillas subvencionadas por la Generalitat colocaba en todas las librerías de Cataluña un panfleto marcando con dianas a colaboradores de este periódico, entre otros). Y ese clima lo atribuye a… Aznar.
Pero, contra lo que pudiera imaginar el mareado lector, de lo que nos quiere hablar es de una “cuestión central” en la política española: “la viabilidad del sistema de partidos actual para reflejar y resolver esa parte de los problemas de fondo que se refiere a la distribución del poder”. Y como es una cuestión central, no dice nada más del asunto. Prefiere acabar anunciando que Zapatero va a tener mucho trabajo y que “Cataluña va a estar ahí”. No explica dónde estará el PSC. Estudiando la “cuestión central”, seguramente.

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