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La CUP vuelve al monte

El partido de Colau, confluencia en la que la franquicia local de Podemos nada pinta, va a arrasar en las elecciones generales.

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Josep Garganté | EFE

Únicamente era una cuestión de tiempo. Y de muy poco. El inopinado matrimonio de conveniencia entre la CUP, desarrapado sucedáneo del espíritu bullanguero e iconoclasta de la FAI, con los buenos menestrales de la difunta Convergencia no podía durar demasiado. Y no ha durado. El apaño contra natura que ha permitido disfrutar de sus cinco minutos de gloria al comarcal Puigdemont apoyaba todo su precario fundamento en una ficción que, como los envases de los yogures, llevaba impresa la fecha de caducidad en la tapa. Una ficción, la de que sería posible romper la columna vertebral del Estado sin necesidad de apelar a un acto de violencia física explícita, en la que ya absolutamente nadie cree en Cataluña. Un Estado soberano no se fracciona ni con manifestaciones, ni con cadenas humanas, ni con flores ni con bonitos discursos. Un Estado soberano solo se puede destruir con las armas en la mano. Únicamente así. Exclusivamente así. Una obviedad, por cierto, para cualquiera que sepa algo, por poco que sea, de Historia. Y en la sociedad catalana no hay nadie que esté dispuesto a dar ese paso. Ni los que tienen dos dedos de frente, que todavía siguen siendo mayoría, ni los que no los tienen. Nadie. Y sin ese paso no hay proceso que valga.

Por eso han roto. Porque lo que queda de Convergencia ha entendido, por fin, que hay que dar marcha atrás, eso sí, con la mayor discreción posible. Y porque la Esquerra de 2016 tampoco es, pese al ruido y la furia escénica, la Esquerra de 1934. Solo la CUP fantaseaba aún con jugar a la guerra de los abuelos. Pero la CUP no cuenta. Ya no. Lo que ahora vendrá, una vez cerrado de modo más o menos formal el telón de la tragicomedia soberanista, será la recomposición interna de los dos espacios clásicos, el de la izquierda y el de la derecha catalanas, una vez fagocitadas por el barullo transversal del independentismo sus referencias principales, CDC y PSC. Una de las muchas extravagancias propias de la Cataluña actual es la inexistencia de algo que recuerde, siquiera vagamente, a la derecha. En Cataluña, la derecha ha desaparecido del mapa. No existe. Fenómeno en verdad notable que acaso solo tenga el precedente en Europa de aquel Portugal de los primeros años posteriores a la Revolución de los Claveles. La derecha política, decíamos, no existe, pero su espacio sociológico sí. Un espacio, el hoy huérfano de las capas tibias que se reconocen en la mentalidad siempre medrosa y prudente de las clase media, que Ciudadanos deberá disputar a la nueva sigla que emerja tras el suicidio ritual de CDC. De esa disputa, ahora apenas iniciada, tendrá que salir la futura expresión política de la Cataluña que quiere contar algo en España.

En el ámbito de la izquierda, en cambio, todo parece más claro. El partido de Colau, confluencia en la que la franquicia local de Podemos nada pinta, va a arrasar en las elecciones generales. Dentro de apenas un mes, será la primera fuerza política de Cataluña, a enorme distancia de la segunda. Van a barrer. Literalmente. Algo que, de grado o a la fuerza, está llamado a provocar la marginalidad definitiva de la CUP. Igual que en 1937, cuando las disciplinadas milicias barcelonesas del PSUC acabaron por las bravas con los rebeldes heterodoxos del POUM y la CNT, Colau y su gente tienen en el punto de mira a la CUP. Irán a por ellos. Ya lo están haciendo. Los altercados del barrio de Gràcia, por ejemplo, hay que leerlos en esa clave. A CDC, en fin, solo le resta ahora aferrarse a otro moribundo desahuciado, el PSC de Iceta, por ver de estirar un par de años más su común agonía. Lo harán. No tienen otra salida. Pero eso será después de las elecciones.

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