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Atentado de ETA

La gallinita ciega

Constatemos lo obvio: hoy, la ETA está mucho mejor que hace un año, y dentro de un año estará mucho mejor que hoy. A saber, les ha derogado de facto la Ley de Partidos; de ahí que contemple alelada a sus ocho serpientes enroscadas en el Parlamento vasco con el hacha bien afilada sobre el escaño para lo que fuere menester. Además, la reflexión del gudari Javier Bilbao ("Ven aquí, cabrón, que te voy a arrancar la piel a tiras") ha servido de aval ante la Unión Europea con tal de equipararla solemnemente al Reino de España en un mismo plano de igualdad moral. Pues, tal como su cuate Arnaldo Otegi, hasta que nadie vote lo contrario en Bruselas – y nadie lo votará– ese intelectual ya es todo un combatiente de una conflagración formal.

Al tiempo, a los demás figurantes del "proceso", como también se han portado muy, muy bien y han sido muy, muy obedientes, los Reyes les han dejado 350 pipas nuevas de trinca en el calcetín remendado de Josu Ternera. Mas por si todo eso fuera poco, con siglo y pico de demora la Ciencia acaba de demostrar que San Sabino Arana llevaba razón en el controvertido asunto de los cráneos y la capacidad cognitiva. ¿La prueba del nueve? Al día siguiente de que el Euskobarómetro revelase que el 64 por ciento de los vascos creía "perfectamente posible" que hubiese un atentado, el ministro del Interior de los maketos sentenciaba pasmado que "nadie esperaba un atentado". Y por si todo nunca fuese bastante, lo que ni soñaron con Suárez, ni soñaron con Calvo Sotelo, ni soñaron con Felipe González, ni soñaron con Aznar, ni hubieran soñado con nadie con pantalones largos y dos dedos de frente –que el Estado se rebajaría algún día a tratarlos de tú a tú como interlocutores políticos–, acaban de lograrlo con el Niño que también sueña despierto porque tampoco quiere crecer jamás.

Sigamos constatando lo obvio: el drama no es que la ETA tenga por norma no mentir –eso ya lo traíamos sabido de casa–, lo verdaderamente terrible, lo atroz, es que quien no mentía era el Niño. "El poder no me va a cambiar", le confesó a un amiguito de El País al llegar a La Moncloa. Y ahora sabemos que decía la verdad: no lo ha cambiado. Así, igual que siempre, con esa conciencia suya acribillada de esquirlas de acne y la cabecita rebosante de dulce regaliz, seguirá escondido debajo de la cama hasta que escampe. Es lo único que ha aprendido de un adulto, Marx (Groucho): "Resulta mejor permanecer callado y parecer idiota que abrir la boca y disipar todas las dudas definitivamente". Al cabo, ya se encargaría Peces de obedecer a la requisitoria de Gara: "¿Por qué el atentado de Barajas imposibilita al Gobierno para la búsqueda del diálogo y no lo hizo el atentado en el madrileño barrio de Simancas llevado a cabo ocho días después de que se aprobara la Declaración del Congreso?". ¿Acaso por ese accidente de los muertos? "Los muertos no estaban en los planes de ETA", se ha apresurado a susurrar Peces con la venia de sus señorías.

No hay ningún impedimento, pues: cuando salga de su escondite, el Niño volverá a jugar a la gallinita ciega en el jardín. Seguro.