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Que nadie lo dude, esta vez volverán a ser valientes; incluso, más que valientes, temerarios. Y denunciarán a pecho descubierto al Papa de Roma, sin importarles los terribles riesgos a los que habrán de exponerse. Pues, esta vez, que no lo dude nadie, nada los frenará. Nada. Ni siquiera esa entrecortada súplica de prudencia que siempre susurra el instinto de conservación ante el límite del abismo. Porque ellos no temen a las sórdidas mazmorras del Vaticano. Ni a la cruel ferocidad de las Teresianas. Ni al fanatismo asesino de los Carmelitas. Ni a la insaciable sed de sangre de los Cartujos. Ni a la ira ciega de los Franciscanos. Ni siquiera al irracional delirio genocida de los Agustinos.
Y es que ellos son así: audaces, bravos, osados. Idealistas. Por eso, aun a riesgo de sus propias vidas y haciendas, a los inteletuales de Pepiño no les temblará el pulso a la hora de redactar la inminente fatwa del PSOE contra Benedicto XVI. Igual que tampoco les ha faltado saliva para escupir al alimón sobre la tumba de Oriana Fallaci. Esa misma saliva que tragaran cuando se ejecute la condena a muerte de los yihadistas que pesa sobre Abdel Arman al-Rashed, el periodista musulmán que escribió este editorial en el diario saudí Asharq al-Awsat:
"Es un hecho que no todos los musulmanes son terroristas, pero es igualmente cierto que todos los terroristas son musulmanes. Los que secuestraron a los niños de Beslan eran musulmanes. Los que mataron a los doce nepalíes eran musulmanes. Los que hicieron saltar por los aires los complejos residenciales de Riad y de Coba eran musulmanes. Los que capturan rehenes y los degüellan son musulmanes. Los que realizan los ataques suicidas son musulmanes. Ben Laden es musulmán. Sus lugartenientes, sus consejeros, sus peones son musulmanes. ¿No nos dice eso nada sobre nosotros mismos y sobre nuestra sociedad?
El jeque Yusuf al-Qaradawi, padre de dos jóvenes que, protegidas por la policía inglesa, estudian en la descreída Gran Bretaña, justifica y aprueba los asesinatos de civiles americanos en Irak. Me pregunto cómo haría para mirarle a la cara a la madre de Nick Berg. Me pregunto también cómo puede pensar que vamos a creerle cuando predica en la televisión que el Islam es una religión de paz, de misericordia y de tolerancia. Nosotros los musulmanes estamos enfermos. Realmente enfermos, y de una enfermedad muy grave.
Una enfermedad de la que tendríamos que curarnos. Pero para curar una enfermedad, es necesario primero diagnosticarla, admitir que se tiene. Y nadie lo admite. Nadie confiesa estar enfermo. No podremos limpiar nuestro nombre si no reconocemos que el terrorismo se ha convertido en una indignidad totalmente islámica, en nuestro monopolio exclusivo. No podemos redimir a nuestros jóvenes si no nos enfrentamos a los jeques que para dotarse de legitimidad juegan a revolucionarios o a pseudo revolucionarios y envían a la muerte a los hijos de los demás. Pero a sus propios hijos, en cambio, los mandan a estudiar a las universidades americanas o europeas..."
Lo dicho, ha sonado la hora de nuestros héroes.

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