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Al igual que los niños, los locos y los borrachos, Maragall y Carod siempre dicen la verdad; algo bueno había de tener esa pareja de hecho. Ayer, para desesperación de tertulianos de renting y columnistas de todo a cien, volvieron a demostrar que en esta comedia bufa del Estatut son los únicos que no engañan a nadie. Así el uno: "El nuevo Estatuto establece que Cataluña es una nación"; tal como sigue, el otro: "Va a ser el preámbulo para otros horizontes". Nada que objetar. Las parteras del nasciturus levantan acta pública de un secreto a voces que en Barcelona conoce hasta la viuda inconsolable de Copito de Nieve: Cataluña se encamina hacia la independencia plena en vida de esta generación.
Por lo demás, permanezcan atentos a la pantalla. Pues si en el Desastre del 98 el honrado pueblo se fue directo a los toros a celebrarlo, en éste, Antena 3 ofrece una gran exclusiva mundial al distinguido público: el difunto bailarín Antonio parece que "entendía", según han descubierto sus sagaces reporteros. Relájense pues y apréstense a disfrutar del espectáculo. Que lo que hayan de saber del otro asunto, ya se lo explicará Pepiño Blanco llegado el momento procesal oportuno.
Pero, mientras tanto, recréense en esa evidencia inaudita: Maragall y Carod se empeñan en repetir la verdad. Aunque sólo ellos. Porque todo lo demás es mentira. Todo, hasta las letras de los tangos. Veinte años no es nada, nos juró Gardel. Pues, ni eso: también era falso. Veinte años es una eternidad. Es tiempo de sobra para fabricar una nación de la Señorita Pepys. Los que hemos padecido la construcción nacional desde el primer día, lo sabemos: inventar naciones es menos complicado que resolver un sudoku para principiantes. Si fuese de otro modo, a España no la iban a descoyuntar –como ya lo han hecho– entre cuatro filólogos de capital de comarca, un ministro sin el bachiller y el señor ex presidente del Fútbol Club Puigcerdà, de Tercera B, que no otro es el tal Carretero.
Y es que construir nacioncitas resulta muy, muy sencillo. Basta con establecer un sistema de precios claro, diáfano, transparente, que entienda todo el mundo. En Cataluña, se implantó uno hace veinte años. Y funciona de maravilla. Vaya si funciona; de hecho, es casi lo único que funciona aquí. En estos cuatro lustros, hasta el último gato del Oasis ha comprendido sus dos indicadores básicos: a cuánto se vende el kilo de perdiz japonesa en el mercado de las conciencias, y cuál es la tarifa a pagar para los locos que repudien tan rico manjar. Moldear a placer naciones de juguete, es tan fácil como eso. En realidad, sólo existiría algo más sencillo aún que construir nacioncitas: deshacerlas. Y ya iría siendo hora de explicárselo a los nacionalistas. De hacer pedagogía para que aprendan cómo operan los grandes sistema de precios al por mayor. De ayudarles a descubrir, también a ellos, cómo se vive fuera del mundo del gratis total.

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