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La Pequeña Coalición

Únicamente una entente de circunstancias entre PP y Ciudadanos podría ofrecer la irrenunciable estabilidad que hoy pide a gritos el país.

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Mariano Rajoy y Albert Rivera | EFE

Como el Cid Campeador, Pablo Iglesias también va camino de ganar su última batalla después de muerto. Su demagogia antipolítica, toda esa charlatanería barata a cuenta de los sillones y los coches oficiales, recurso burdo donde los haya para complacer los instintos primarios del segmento más básico y resentido del cuerpo social, ha terminado por contagiar a los partidos serios a fuerza de ser repetida ad nauseam. He ahí su gran victoria, la que no quisieron darle las urnas, imponer la idea, por lo demás perfectamente reaccionaria, de que los legítimos representantes democráticos de la ciudadanía deben aspirar, al modo de los discípulos de Simón el Estilita, a pasarse la vida sentados en el suelo, bien lejos de caer en la tentación diabólica de usar un sillón para tomar asiento. Pues, por lo visto, los sillones fueron obra de Satanás en persona. Ocurre, sin embargo, que Kennedy nunca hubiera pasado a la Historia (con mayúscula) si hubiese rehusado acercarse alguna vez a un sillón oficial.

Y Churchill y De Gaulle y Adenauer y Roosevelt y todos los que, sentados en un sillón, hicieron algo para que este mundo resultase un lugar un poco más justo y decente. Porque no hay que tener miedo a los sillones. En todo caso, habría que tenérselo a los que se esconden debajo de ellos. España no puede permitirse por más tiempo jugar a la ruleta rusa con la mera hipótesis de una tercera convocatoria electoral. Sería de locos. Pero de locos de atar. España necesita un Gobierno ya. Y tampoco cualquiera, sino uno estable llamado a completar los cuatro años preceptivos de la legislatura. Porque ese precario apaño de circunstancias con el que no renuncia a fantasear Rajoy, el gabinete de funambulistas siempre al albur de lo que pudiese ocurrir en cualquier pleno de las Cortes, desengañémonos, estaría llamado a ser flor de un día. O de un semestre como mucho. Con el aliento de Podemos en la nuca, un PSOE sometido a respiración asistida por su flanco izquierdo no dejará de hacer lo mismo que el PP más peronista en tiempos del Zapatero más adulto, cuando el decreto de ajuste que dio paso a la nueva política de contención del déficit se aprobó, recuérdese, solo gracias a un único voto de CDC.

¿Por qué habría que esperar ahora de Sánchez algo muy distinto a aquella frívola irresponsabilidad partidista que entonces demostró el aspirante Rajoy? Bruselas, tampoco se olvide, ya ha transmitido sus órdenes inapelables a Madrid: el aceite de ricino de la austeridad debe continuar siendo la dieta oficial de los españoles durante, por lo menos, el próximo bienio. Y eso no hay Gobierno en minoría que lo aguante. Y puesto que la Gran Coalición, suprema quimera rajoyista, resulta propósito imposible, so pena que alguien espere del PSOE que se suicide a lo bonzo, únicamente la Pequeña Coalición, una entente de circunstancias entre PP y Ciudadanos, podría ofrecer la irrenunciable estabilidad que hoy pide a gritos el país. Así las cosas, esto es con el Ibex en caída libre y Europa a la deriva, que la cabeza del Ejecutivo responda por Pérez, López, García o Rajoy tendría que ser lo de menos. De Ciudadanos, pues, depende

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