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Columna publicada el 17-07-2006
Quizás el argumento inapelable para justificar el deber de existir eternamente de la Nación de Israel sea una vieja foto amarillenta que hoy se conserva en la Hemeroteca de Berlín bajo una montaña de polvo y olvido. En ella, un hombre de expresión tierna y ojos profundamente azules sonríe a la cámara, mientras estrecha la mano de su anfitrión, un tipo de aspecto gris, uniforme negro y gafitas redondas que lo contempla admirado. La instantánea contiene una afectuosa dedicatoria manuscrita en el dorso: "A Su Excelencia el Gran Muftí de Jerusalén. Fdo. Himmler". También lleva impreso el año en que se produjo aquel cálido encuentro entre el jefe supremo de las SS y Mohamed al Huseini, tío de Yaser Arafat y padrino de la Handzar Trenmung, la división islámica de las SS, integrada por los 21.000 musulmanes que combatieron contra la Civilización a las órdenes directas del tipo de las gafitas redondas. Está fechada en 1943, el momento justo en que se ponía en marcha la Solución Final.
También el otro gran argumento que avala el derecho de la Nación de Israel a no ser exterminada jamás se esconde bajo una montaña de polvo y olvido, aunque éste interesado. Es ésa que se oculta en los sótanos de la sede de las Naciones Unidas en Nueva York; la que creció sobre la carpeta que guarda las actas de la Asamblea General de 1947 que demuestran que los judíos estuvieron dispuestos a someter el futuro de su Estado al derecho internacional desde el primer día; y que fue el hombre de los ojos profundamente azules quien eligió el uso de la fuerza, negándoles aquellos miserables 14.000 kilómetros cuadrados de desierto que les asignara la ONU.
Por lo demás, el único impulso que mueve a nuestros progresistas en su afán por ser aniquilados algún día junto a Israel se aloja en su inconsciente, en ese deseo secreto de continuar ejerciendo de alegres aliados de sus sepultureros hasta el final. Antes, la Unión Soviética era la principal amenaza contra Occidente. Y la Unión Soviética apoyó la creación Israel, convirtiéndose en el principal proveedor de armas del nuevo ejército judío. En consecuencia, no lo dudaron ni un segundo: abrazaron con entusiasmo el sionismo. Luego llegaría la Guerra Fría, y la Unión Soviética necesitó buscar otros aliados en la zona. Entonces, aún tardarían menos tiempo en descubrir la gran verdad: el brazo conspirativo del criminal imperialismo yanki no era otro que el Estado hebreo.
Después desapareció la Unión Soviética, pero su lugar lo ocupó alguien mucho mejor, más decidido: Ben Laden, que promete matarlos a todos en cuanto pueda. Y fue entonces cuando comenzaron a pronunciar las siglas de Hezbolá y Hamás con ese rictus de admiración que tanto recuerda al de aquel tipo del aspecto gris y el uniforme negro que estrechaba la mano del que sonreía a la cámara en Berlín. Con el de ahora mismo. Otra vez, la vieja foto amarillenta en casi todas las portadas.
José García Domínguez es uno de los autores del blog Heterodoxias.net.

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