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Cuentan las viejas crónicas de las viejas Cortes que, salvando las distancias morales, al Conde de Romanones, a la sazón presidente del Gabinete, le ocurría con don Francesc Cambó lo mismo que a Zapatero cuando le pone esos morritos de huy qué enfadado estoy a la ETA. Así, en cierta ocasión, tras un vibrante discurso del de la Lliga defendiendo el proyecto de la Mancomunitat catalana, el otro brincó hasta el estrado para replicarle: "Pero de autonomía política, de eso no consentiré que se hable jamás, jamás, jamás". Y a cada "jamás" el Conde aumentaba el diapasón de su voz, llegando a emitir un gallo estridente que, junto al semblante feroz que exhibía al lanzarlo, provocaba una carcajada general en la Cámara. Hasta que, al apagarse las últimas risas en el Hemiciclo, Romanones concluyó rotundo: "Naturalmente que, al decir jamás, me refiero al momento presente". En ese punto la hilaridad fue tan fenomenal, según relatan los papeles, que el presidente del Congreso, él mismo con lágrimas en los ojos, se vio obligado a levantar la sesión.
Una sesión y un carnaval que, salvando las distancias intelectuales, se reabrirán noventa años después de aquella jornada gloriosa para que Zapatero repita el célebre gag del Conde ante el Pleno. Que no otra cosa ha de ocurrir cuando el Niño de la Bola anuncie solemnemente a sus señorías que el proceso de autodeterminación de Euskal Herria se ha acabado, se ha acabado, se ha acabado. Es decir, que, naturalmente, se ha acabado hasta el momento presente. Y para que el revival histórico nos luzca todo lo completo y vistoso que sea posible, a estas horas, ya tenemos al Méndez disfrazado de Vladímir Ilich –¿Libertad? ¿Para qué?– y a Pepiño travestido nada menos que de Willi Münzenberg, que aquél sí que sabía montar circos heterodosos como ya no se ven.
Qué tiempos aquellos, Pepiño, cuando los chicos de la Komintern pastoreaban a las masas de Occidente y a la crema de la inteletualidá con el cuento chino de la paaaaaz y el antifascismo. Cuando el padrecito Stalin paseaba a sus "inocentes" tras las hermosas pancartas naïf de la paaaaaz y el diálogo por los bulevares de París. Y, mientras, pactaba en secreto el reparto a pachas del solar del matadero con Hitler. Aunque claro que no era lo mismo tener en nómina a H. G. Wells, Paul Eluard, Bertolt Brecht ("cuanto más inocentes son, más se merecen el paredón"), Hemingway o Dashiell Hammett que a Manolito Rivas, Suso de Toro, Miguel Bosé y las petardas de Rosas Blancas. Pero, homiño de Dios, tampoco Otegi le llega a las suelas a Goebbels, ni el otro, el tal Pernaldo, al dobladillo del pantalón de Himmler. Por lo demás, querido Pepiño Münzenberg, no temas por ese asunto (ya sabes, lo de la chirigota del Méndez). Hay algo que ni ha cambiado desde los viejos buenos tiempos, ni cambiará jamás: los tontos útiles

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