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Columna publicada el 10-01-2006
Nadie que no sobreviva aquí, en Matrix, puede llegar a imaginarlo. Ni por asomo. Hablo del hastío que desata en cualquier mente sana su liturgia cotidiana. Quienes se libran de soportarlos día a día no darían siquiera en intuirlo. Hablo de esa pesadez tan suya, tan infinita, tan asfixiante; del suplicio de cargar con su eterna letanía sobre las lenguas oprimidas y las oprimibles. Hablo de una náusea irreprimible, la que acaban provocando con su lloriqueo obsesivo, constante, interminable, perpetuo; el suyo genuino, ese calabobos del millar de plañideras institucionales que parasitan el fielato idiomático local. Imposible para el que no ha de padecerlos sospechar lo estomagante que alcanza a resultar. Hablo de un abundar plomizo en la repetición plomiza de una reiteración plomiza de todas las falacias plomizas sobre la sintaxis de la identidad; ya antes un millón de veces repetidas por lo demás.
Cuando no gimen por el genocidio hispano contra los sonidos propios de la laringe del pino ampurdanés, es porque lagrimean por la fatal diglosia secular de las sardinas autóctonas del litoral de Badalona. Son algo así como la pesadilla gramatical del conejito más ido de Duracel: tocan y tocan y tocan y tocan. Y siempre lo mismo, lo mismo, lo mismo. Y no se aburren. Nunca. Y siguen y siguen y siguen y siguen. Hasta que, al final, uno ni siquiera sabe si continuar teniendo fe el la Ley Fundamental de la Estupidez Humana, esa que formulo Carlo Maria Cipolla, la que postula que los tontos son muchísimo más peligrosos que los malvados, ya que se proscriben descansar de por vida. Porque llevan así tres décadas. Y así continuarán otras tres más. Y otras tres. Por los siglos de los siglos. Hasta el Juicio Final.
Siempre huyendo de la verdad, ese criado torpe que rompe los platos mientras limpia. Como siempre remachando el clavo ardiente del chantaje emocional. La Culpa. Que no falte. Nuca. Cada día, a todas horas, la Culpa; el suplicio por el Pecado Original, imperdonable, de las gargantas castellanas. Montilla, atormentado, creyéndose descendiente en línea directa del catalanófobo Felipe V. Y la calavera del Borbón, atónita. Felipe V que por soberana indiferencia ni siquiera se entretuvo en aprender español, convertido por el conillet de Duracel en la madre de todas las conjuras contra sí mismos de los montillas.
José García Domínguez es uno de los autores del blog Heterodoxias.net.

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