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Millet

Ni cárcel ni fianza

Perplejo, leo el gran titular de El Periódico de CatalunyaMillet, ni cárcel ni fianza– y por alguna razón que quizá hubiera sabido explicar el doctor Freud de Viena, me vienen a la memoria los Diarios de Witold Gombrowicz; en concreto, aquel capítulo donde confiesa que decidió abandonar su profesión de abogado y su misma patria, Polonia, el día que ya se sintió incapaz de distinguir a los jueces de los criminales al cruzárselos por los pasillos del Palacio de Justicia de Varsovia.

Más perplejo aún, descubro luego que, según El Mundo, "las elites sociales, culturales y políticas de Cataluña llevan dos meses dándose golpes en el pecho tras haber descubierto que uno de los suyos era un ladrón". Pues, en puridad, las elites sociales, culturales y políticas de Cataluña llevan dos meses dándose golpes en el pecho porque la Hacienda española ha descubierto que otro de los suyos era un ladrón. Y es que la calaña delincuencial del patricio Millet jamás fue un secreto para nadie en la ciudad de los prodigios. ¿O acaso las plañideras institucionales que ahora se rasgan, airadas, las vestiduras ignoraban que cumplió condena en la cárcel Modelo tras maquinar un célebre trinque, el caso Renta Catalana, a principios de los ochenta? Insisten, por lo demás, esas castas doncellas catalanistas en preguntarse qué habrá fallado en el sistema para que la colla de Millet pudiera concelebrar su grande bouffe a plena luz del día.

Al parecer, no han reparado aún en que no ha fallado absolutamente nada. De hecho, ése es el problema, que el sistema funciona con exacta, precisa, repugnante eficacia. Así, a Millet le cupo robar con impune desparpajo porque la Sociedad de Garantías Recíprocas Catalunya S.L., patriótico entramado de alcantarillas cuatribarradas, silencios ominosos, inconfesables complicidades transversales, periodismo servil y seguros a todo riesgo frente a terceros, es la única gran empresa autóctona que todavía queda en pie. ¿Error en cadena lo de Millet? Pero si hasta la Sindicatura de Cuentas de la misma Generalidad alertó en 2002, hace siete inexcusables años, de que algo olía a podrido en las facturas que el Palau endosaba al bolsillo del contribuyente. No, nada ha fallado. Al contrario, el sistema funciona a la perfección. He ahí el drama.
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