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Aún nos falta perspectiva histórica para comprender la magnitud del desastre. Para explicarnos cómo ha sido posible lo del Niño. "No me atrevo a pronunciarme", respondió ayer su profesor, Sosa Wagner, cuando le interrogaron por la calidad de los materiales con que está apuntalada su inteligencia. Luego, añadía: "En casa del presidente Zapatero siempre ha habido libros, se ha criado en ese ambiente. Si ha tenido más o menos tiempo por su dedicación a la política, no lo sé". Quizás no quepa ser más piadoso con un antiguo alumno. Ni quizás tampoco más cruel.
Sin embargo, lo del Niño no nos lo aclararán los libros no leídos, sino los no escritos. En concreto, el que ha de hurgar en cómo a un grupo de oportunistas embutidos en trajes de pana les cayó el Estado en las manos, en una de esas casualidades históricas que suceden una vez cada dos siglos. Sin expediente de oposición a la dictadura, sin currículo profesional, sin formación, sin pasado, sin jamás haber superado el menor filtro objetivo, sin más ideología que el afán de poder. Sin acabar de creérselo, apenas con la pegatina de unas siglas históricas adherida a la trenca, en 1982, aquella tropa de advenedizos se tropezaría con un país rendido incondicionalmente a su voluntad.
Pues fueron ellos, los mentores del Niño, los que arrasaron a unas elites dirigentes marcadas en sus valores personales por la identificación con la meritocracia y la excelencia individual. Ellos, que no eran más que el fruto de una carambola del destino. Y que lo sabían. De ahí que a toda prisa desarrollasen esa psicología de grupo que racionaliza sus propias carencias, ese taparrabos ideológico ante tanta indigencia intelectual, esa coartada doctrinal frente a su personal mediocridad. No de otra manera, en aquella enorme agencia de colocación bautizada PSOE, se gestó el delirio de que hasta el Niño pudiera llegar un día a La Moncloa.
Porque los que venían detrás, empujando, habrían de dar forma a otra anomalía sociológica tan digna de estudio como la de sus tutores. ¿Acaso el grupo demográfico de los nacidos a mediados de los sesenta no era el que integraba a la porción más numerosa de gentes cualificadas que jamás hubiese existido en el país? Pues bien, dentro del PSOE, los exponentes de ese salto cuántico resulta que respondían por Pepiño Blanco, Jesús Caldera, Leire Pajín, José Montilla, Patxi López y José Luis Rodríguez Zapatero. Ellos eran la crème de la crème, el elixir más destilado que el partido socialista podría ofrecer a la sociedad española.
¿De qué se lamenta, pues, la Vieja Guardia? ¿O acaso se avergüenzan ahora de reconocerse en sus hijos?

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