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Columna publicada el 03-11-2004
Lo irritante de Tom Wolfe no es que escriba mucho mejor que uno –y que el prójimo– ni tampoco esos intolerables zapatitos de charol que gasta en todas las entrevistas. Lo verdaderamente inadmisible es que nunca se equivoque al anticipar la última liturgia gregaria que siempre están a punto de inventar los cretinos que después protagonizan sus novelas. Viene esto a cuento porque hay que tomarse muy en serio la velada advertencia que nos lanzaba a los europeos hace un par de días. Entre líneas, la amenaza estaba contenida en la frase que sigue: "Votaría a Bush aunque sólo fuera por ir al aeropuerto a despedir a todos esos que dicen que se van a marchar a Londres si vuelve a ganar". Bueno, pues cuidadito, porque a lo peor se lo piensan dos veces y deciden aterrizar en Madrid. Así, mantengámonos alerta, que aunque esto ya sea la reserva espiritual de toda la tontería de Occidente, aún podría parir la abuela.
A ese respecto, recuerdo una lectura adolescente de Wolf. El relato se desarrollaba a finales de los sesenta, en la abarrotada sala de actos de una universidad californiana. Un estudiante novato, recién salido de la América profunda, escuchaba boquiabierto al conferenciante. Aquel profesor barbudo y embutido en un traje de pana describía de modo exhaustivo la terrible miseria y explotación a la que se vería sometida la población yanqui. Constantemente, su voz se ahogaba bajo la marea de aplausos del juvenil auditorio. Pero conseguiría izarla finalmente sobre aquellas olas de furor y cerrar su alocución anunciando el colapso inminente de los Estados Unidos. Concluía la escena y el capítulo con el chico, desconcertado y preocupadísimo, dirigiéndose al académico para preguntarle a partir de qué edad se da cuenta uno por sí mismo de esos horrores que están ocurriendo a su alrededor.
Con las consabidas excepciones que confirman la regla, todos los plumillas españoles que han ido a Washington con el propósito de hundir las cuentas de resultados de los medios que les pagan el sueldo, todos los expertos, todos los analistas, todos los abajofirmantes profesionales, todos los tertulianos y, en general, todos los enterados patrios sabían que ese tonto del culo llamado Bush iba a perder por goleada. Sería éste, por tanto, el momento procesal de preguntarles si conocen qué es una ideología; si alguna vez han sido informados de que se trata de una máquina que rechaza los hechos, cuando éstos podrían obligarla a dejar de funcionar, y que también los inventa, cuando le resultan imprescindibles para perseverar en el error. Pero como ese gremio nunca busca nota y se conforma siempre con un "progresa adecuadamente", la cuestión deberá ser otra. Por ejemplo, ésta: ¿Cuándo se dieron cuenta por sí mismos de lo horrible que ha sido para los norteamericanos de a pie la primera presidencia de George W. Bush?

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