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Pablo Iglesias y la conjura borbónica

Tenemos que hacer pedagogía con esta gente. O acabarán con el país.

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Dani Gago

Los diputados portugueses del Bloco de Esquerda no suelen utilizar el vocablo patria en su oratoria política, pero les resultaría inconcebible contemplar la mera hipótesis teórica de que un ciudadano de Oporto o de Lisboa pudiese ser objeto de un tratamiento fiscal diferente al de otro de Coimbra o de Setúbal; absoluta, radicalmente inconcebible. Alexis Tsipras, el líder de Siryza, tiene a gala no ponerse nunca corbata en los actos oficiales, pero jamás se dirige a un auditorio sin que aparezca a su lado, bien visible, la bandera de Grecia; jamás.Todos los actos de Francia Insumisa, el partido de Jean-Luc Mélenchon que Podemos considera su referente al otro lado de los Pirineos, concluyen con los asistentes puesto en pie y cantando La Marsellesa, el himno oficial de la República; todos, sin excepción. Los mítines del partido de Pablo Iglesias, en cambio, se cierran por norma con el canto coral de una pieza, "L’Estaca", que el representante separatista Lluís Llach dedicó en su día al abuelo Siset, un personaje real que en tiempos de la República fue militante de Esquerra Republicana de Cataluña y que, en tanto que tal, participó en la sublevación armada contra España que protagonizó su partido en 1934, los célebres hechos de octubre.

El de Podemos debe de ser el único caso en el mundo en que un grupo político adopta como himno oficioso una canción compuesta en homenaje a alguien que quiso destruir su propio país. Apenas un síntoma, otro más, de su triste condición de colonia intelectual de los micronacionalistas periféricos. Porque lo que yace tras ese desprecio algo clasista que los parlamentarios de Podemos suelen mostrar hacia otros diputados que no son hijos de ministras ni de altos funcionarios del Estado y que, por tanto, tuvieron que ponerse a trabajar en un banco en lugar de alargar las mieles de la juventud con agradables estancias en Italia o en universidades privadas de Estados Unidos no es precisamente un conocimiento profundo ni riguroso de la historia de España. Así, cuando Pablo Iglesias señala al primer rey de la dinastía Borbón, Felipe V, como portador de un proyecto deliberado para exterminar la lengua catalana no lo hace por maldad, sino por pura y simple ignorancia.

Y es que solo desde el genuino lavado de cerebro que han aplicado los intelectuales orgánicos del catalanismo a la progresía mesetaria cabe entender que todo un profesor universitario trague con que en las monarquías del Antiguo Régimen hubo política lingüística alguna. Para Felipe V, que por cierto habló casi siempre en francés y nunca mostró demasiado afán por dominar el idioma castellano, la cuestión del catalán, simplemente, no existía. A Felipe V, como al resto de los monarcas absolutos de su tiempo, le traía sin cuidado el idioma en el que hablasen o dejasen de hablar sus súbditos; esa bagatela le era por entero indiferente. A ojos de un Borbón de principios del XVIII, el catalán era tan invisible como sus propios criados, seres ante los que realizaban incluso los actos más íntimos porque los consideraban meros objetos inanimados. Cualquier europeo culto lo sabe. La prueba es que si los Borbones se hubieran propuesto acabar con el catalán, en Cataluña no hablaría catalán nadie. Porque cuando un Estado se propone exterminar una lengua, simplemente, la extermina. Por eso, caro Pablo, en la República de Francia nadie habla ya catalán. Ocurre que la República de Francia, que no su abolida monarquía, decidió que el catalán tenía que desaparecer. Y desapareció. Así de simple, Pablo.

Tenemos que hacer pedagogía con esta gente. O acabarán con el país.

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