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La patria de algunos no es el mundo, ni la libertad, ni tan siquiera la permanente de Zerolo. Catorce de Abril de 1931, Francesc Macià se dirige al balcón principal del Ayuntamiento de Barcelona y grita: "En nombre del pueblo de Cataluña proclamo el Estado Catalán, bajo el régimen de una República Catalana, que libremente y con toda cordialidad anhela y pide a los otros pueblos de España su colaboración en la creación de una confederación de pueblos ibéricos y está dispuesta a lo que sea necesario para liberarlos de la monarquía borbónica". La patria de otros es el silencio. Catorce de Abril de 2006, los concejales populares de Gerona honrarán con el traje de los domingos bien planchado aquella primera tentativa de Esquerra Republicana para arrojar a España al guano de la Historia.
Al parecer, la presidenta provincial de algo llamado PP de Cataluña, cierta Concepció Veray, no fue capaz de hallar un sólo argumento contra el municipal lanzamiento de confetis a la secesión, y tampoco para oponerse a que la puntilla tricolor que descabellara a los Borbones ondee en el balcón del Ayuntamiento en esa efemérides. Otro alegre daltónico, el secretario general de ese autodenominado PPC, no tiene nada que decir del asunto: está demasiado ocupado asintiendo a Benach, mientras explica al Senado de California de Cataluña es una nación. Sin embargo, la actitud al respecto del número dos de la organización, Francesc Vendrell, sí suscita dudas razonables: nadie ha sido capaz aún de confirmar si comparecerá en el sarao tocado con gorro frigio y trabuco de escamot. Su alter ego, Josep Piqué, ni sabe, ni contesta, ni está, ni se le espera.
Gestos todos que demuestran que, al fin, el PPC ha comprendido el único mandamiento de la biblia no escrita del oasis. Han captado, y ya era hora, que el requisito para ser uno de los nuestros, en realidad, está al alcance de cualquier bolsillo. Pues lo único que exige no son grandes adhesiones, sino pequeños silencios. En la construcción nacional, como en el Derecho Mercantil, las obligaciones verdaderamente importantes se definen por omisión; también en ella las normas inviolables, las sagradas, consisten simplemente en abstenerse, en dejar de hacer. Y la tal Veray –como antes Luna, Vendrell y Piqué– ha descubierto dónde está esa delgada línea invisible que nunca habrá de traspasar. Como los genuinos progresistas, los que saben que se puede gritar impunemente "¡Abajo Castro!" –o Stalin o Pol Pot o Chauchescu o Llamazares o quien sea– , pero que, al tiempo, comprenden que bastaría susurrar "¡Abajo el comunismo!" para ser expulsados de por vida a las tinieblas exteriores de la reacción. Como ellos, Veray conoce ya el secreto: los mansos heredarán la tierra prometida de la nación catalana. Y están en ello.

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