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No hay frontera más permeable que la que delgadísima línea que separa lo dramático de lo ridículo, ese pantanoso territorio de nadie en el que, desde ayer, habita el magistrado Pérez Tremps. Y es que, ante la tragicomedia del alguacil alguacilado, uno no sabe si echarse a reír o a llorar. Joan Saura –sí, el de las caquitas del gato– seguro que no se anda con tantas puñetas: aún debe llorar de risa cada vez que se acuerda del togado. Pues bien sabe Dios que motivos no le faltan. Qué cara debió poner nuestro Joan, el Joan de los 22.000 euros por el papelín sobre la gaviota corsa, el de los 21.870 por el chiste de la concha brillante del Mediterráneo, el de los 11.872 del folio sobre el grado de hibridación entre la codorniz común y la japonesa, el Saura de los ochenta millones de euros con que comprar en las rebajas a la putrefacta sociedad civil catalana toda.
Qué rictus de atónita perplejidad debieron dibujar sus mofletes, al descubrir que por seis mil ridículos euros un señor magistrado del Constitucional le juraba que el Imperio Austrohúngaro enterito cabe dentro del Título Octavo. Y qué bronca no le echaría la Imma, por la noche, al volver a casa. "Mira que eres inútil, Joan. Por el doble de esa miseria podríamos tener otro dictamen con las pruebas definitivas de que Aznar mató a Prim. Es que tú no piensas, Joan, tú no piensas". En realidad, lo escandaloso en todo este asunto del reprobado Pérez no es que sus padrinos, los socialistas, lo tengan por seguro prevaricador –¿A qué viene si no tanto rasgarse las vestiduras y tanto crujir de dientes por su exclusión del tribunal imparcial que ha de decidir?–. Ni tampoco que el erudito Carles Viver recurriera a su ejemplo para ilustrar la única gran lección magistral de la ciencia económica. A saber, que en las economías de mercado nada es gratis. Pues tal que así justificó el presidente del Institut d´ Estudis Autonòmics el kilito del sufrido Pérez: "El objetivo es que nos ilustren, nos den su parecer. Y también, evidentemente, buscar complicidades por parte de esos autores, que son gente de mucho peso".
Ni siquiera lo genuinamente escandaloso reside en que esos doce hombres sin piedad –ni sentido del ridículo– hayan requerido de seis días, ¡seis!, para determinar si luciría bonito que Pérez fuese juez y parte. No, lo verdaderamente escandaloso es que, aquí, aún se continúe falseando la historia del molinero que le ganó un pleito a Federico II de Prusia. "¡Aún hay jueces en Berlín!", grita el plebeyo en el final de la versión censurada. Hurtándonos así la vocecilla meliflua del emperador que cierra el epilogo español: "Sí, majete, pero yo todavía mantengo a mis Pérez en el Constitucional".

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