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Columna publicada el 28-11-2005
Es inevitable, cada vez que me topo con Piqué, recuerdo la historia de aquel fulano que firmaba columnas en Le Canard Enchainé y que un día apareció por la redacción dando saltitos porque el Gobierno lo acababa de premiar con la Legión de Honor. El que fue despedido fulminantemente por el director, que era un tipo decente, tras llegar a sus oídos la noticia. Aquél que, perplejo, haría un último intento desesperado por salvar su silla, balbuciendo ante el jefe: “¡Pero si yo no la he pedido!”. El mismo que entonces recibiría por respuesta: “Eso es lo de menos, desgraciado. ¡No tendrías que haberla merecido!”.
Debe ocurrirme porque cuanta más escoria arrojan los propios de Maragall y Carod contra los constitucionalistas catalanes; cuantas más injurias, insultos y amenazas reciben los disidentes frente al nacionalismo obligatorio; cuanto menos disimula el poder secesionista su propósito de arrasar hasta el más nimio foco de resistencia civil a la religión tribal; cuanto más obscenamente desnuda se enseña la voluntad liberticida del Tripartito, mejor peinado y planchado aparece Piqué en las fotos de El Periódico de Franco, La Vanguardia del conde y el Avui de Perpiñán.
Y es que, al fin, han reconocido en Piqué al esforzado idealista dispuesto a correr en auxilio del ganador que siempre ha sido. Al soñador que, de entrada, inmoló su valía en un PSUC que alcanzaba casi el veinte por ciento de los votos en las primeras elecciones. Al iluso que luego coqueteó con la ERC de Hortalà en el instante mismo en que a Pujol le dio por lanzarles unas migajas del Presupuesto en forma de consejería de Industria. Al utópico que más tarde se sacrificaría por CiU, justo en aquel cenit de la depresión colectiva en que todos nos convencimos de que Ubú reinaría cien años y que lo sucedería durante otros cien su hijo primogénito. Al visionario que después descubriría las supremas virtudes morales del proyecto nacional de los liberal–conservadores, apenas medio minuto antes de que Aznar aterrizase en La Moncloa.
Y al quimérico que semeja cautivado ahora por las formas del efímero líder socialista que respondía por Borrell. Porque ya casi nadie quiere recordarlo, pero no hace tanto, Josep Borrell arrasó electoralmente en las cuatro provincias catalanas, gritando al final de todos y cada uno de sus mítines: “¡Yo no soy nacionalista!”. Y contra todo pronóstico, Borrell el Breve creó escuela. Su discípulo aventajado es Piqué, quien aparece decidido a clonarlo en las maneras. Aunque, eso sí, dándoles la vuelta con el propósito de laminar definitivamente a su propio partido con el susurro indisimulado de “Yo también soy nacionalista” al final de todas y cada una de sus comparecencias públicas en la región.
José García Domínguez es uno de los autores del blog Heterodoxias.net.

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