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Podemos y el modelo portugués

¿Por qué se ha desmoronado el PSOE y no el PSP? ¿Por qué no hay un Pablo Iglesias en Portugal?

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António Costa | Cordon Press

La Península Ibérica está de moda en la Comisión Europea. En los pasillos de Bruselas no se cansan de comentar con admiración los resultados extraordinarios de un Gobierno que, ante el escepticismo general, ha sido capaz de reducir el déficit público por debajo del mítico 3% del PIB, y del que se espera que concluya 2017 habiéndolo aminorado hasta el 1,5%. Hazaña, la suya, aún mucho más meritoria cuando se toma en consideración que ese embridar las cuentas estatales se ha consumado en un contexto en el que la creación de empleo crece a un ritmo que dobla al de la Zona Euro. A estas alturas, el lector ya habrá adivinado que me estoy refiriendo a Portugal, naturalmente. Un país, el vecino, al que los españoles, siempre boquiabiertos y embobados ante todo lo anglosajón, aún seguimos mirando por encima del hombro. Y del que, sin embargo, tenemos muchas lecciones que aprender. Así, visto desde España, algo que sorprende de Portugal –o que por lo menos me sorprende a mí– es que, tratándose de un país tan similar en todo al nuestro, no exista algo remotamente similar a Podemos.

Porque el Bloco de Esquerda, la marca de nuevo cuño que junto a los comunistas provee de soporte parlamentario al Ejecutivo de Costa, está a años luz de poder plantearse siquiera la hipótesis de disputar la hegemonía a los socialistas. Al contrario que aquí, la izquierda convencional portuguesa, la socialdemócrata de siempre, ha logrado resistir el envite brutal de una crisis económica mucho más dura que la que hemos padecido los españoles. Muchísimo más dura. Al punto de que Portugal ha tenido que pasar por la humillación nacional de ver suspendida de facto su soberanía tras ser sometido el país a una intervención formal por parte de la Troika, algo que no ha ocurrido en España. Resulta pertinente, en consecuencia, preguntarse por las razones de esa disparidad tan extrema entre las trayectorias de sus respectivos partidos socialistas. ¿Por qué se ha desmoronado el PSOE y no el PSP? ¿Por qué Pedro Sánchez siente todas las mañanas el aliento de Podemos en la nuca mientras Costa trata a sus socios con la displicente distancia del que se sabe inalcanzable? La razón última de esa asimetría tan estridente acaso resida en el hecho de que Portugal no vive inmerso en un conflicto generacional, y España sí.

Aquí, el establishment político, esto es PP y PSOE, decidió que si alguien tenía que pagar la crisis, ese alguien iban a ser los jóvenes. En Portugal, en cambio, sus elites obraron de un modo mucho más ecuánime que ha repartido las cargas y los sufrimientos, inevitables por lo demás, entre las distintas cohortes generacionales. Por eso nuestros jóvenes votan en masa a Podemos al tiempo que en Portugal no ocurre nada parejo. No por casualidad Portugal presenta ahora mismo una tasa de paro que es justo la mitad que la española, el 9,8% frente a un 18,2%. Y es que había dos maneras de afrontar el ajuste de la economía tras recibir el impacto de la Gran Recesión. Una era bajar los sueldos a todo el mundo, la elegida por Portugal. La otra consistía en enviar a los jóvenes al paro, manteniendo los salarios de los empleados con contratos indefinidos que permanecerían en las empresas. Fue, es sabido, la vía hispana. Y de ahí la aparente paradoja de que los salarios medios españoles hayan estado subiendo durante todo estos años de crisis. Espejismo estadístico cuya explicación es simple: como habíamos despedido a los jóvenes de las plantillas, los contratados temporales que eran los que cobraban menos, la media subió al dejar de verse afectada por esos valores más bajos. En Portugal, en cambio, ocurrió justo al revés: los salarios medios de todos los grupos de edad cayeron con fuerza durante un quinquenio seguido. Ellos socializaron el dolor. Nosotros se lo endosamos a los jóvenes. Ahora, nosotros tenemos a Podemos, y ellos no. Hay tanto que aprender de Portugal.

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