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Puigdemont está muerto

Puigdemont comprende bien que su única posibilidad de sobrevivir pasa por convertirse en un problema crónico de Estado para España.

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Esmeralda Ruiz

Decía Mao que todo lo que un buen comunista debe saber es que el poder nace de los fusiles. En el caso de los comunistas eso era verdad. Pero lo que todo buen nacionalista catalán contemporáneo comprende ya desde la cuna misma es que el poder brota única y exclusivamente del manejo, y de un modo cuanto más nepotista, clientelar y arbitrario mejor, del erario público. De ahí que Puigdemont, un hiperventilado don nadie de Gerona electo in extremis por atrabiliaria imposición de los sans-culottes de la CUP, el figurante de reparto que todos suponían llamado a ejercer de simple ayuda de cámara del gran Artur Mas, se hiciera con el control absoluto del partido de los tenderos en poco menos de un año. El don nadie resulta que manejaba cada fin de mes los fondos de una Administración con hechuras de Estado informal que abona más de 200.000 nóminas repartidas en 14 pagas a sus probos servidores. Y el Poder, con mayúscula, resulta que es eso. Quien mejor sabe a estas horas que bajo ningún concepto puede permitirse el lujo de tolerar que se designe a otro como presidente de la Generalitat es precisamente el don nadie cesante. No obstante, no le quedará más remedio que hacerlo.

Pese a sus innúmeras argucias de campesino astuto, Puigdemont comprende bien que su única posibilidad real a estas horas de sobrevivir como figura política pasa por convertirse en un problema crónico de Estado para España. Y esa imperiosa necesidad tan suya, la de devenir piedra estructural en el zapato de la gobernanza, solo se podría consumar de dos modos. O impidiendo de entrada que se constituya el nuevo Parlament por falta del quórum legal inexcusable, lo que forzaría una nueva repetición de las elecciones. O provocando que la mayoría separatista del Hemiciclo viole (otra vez) de forma expresa y obscena el reglamento para así lograr que el Papa Luna de Bruselas sea ilegalmente proclamado presidente. De optar por la primera vía, algo que al parecer aún no está descartado, simplemente resultaría imposible que siquiera se llegase a constituir la nueva Mesa del Parlament, pues no se cumpliría la exigencia legal de que estuviese presente en la sesión la mayoría absoluta de sus miembros. Recuérdese que los separatistas disponen de 70 escaños sobre un total de 135. En consecuencia, si ellos no comparecieran, no habría sesión.

De optar por la segunda, ergo por desoír y desafiar de nuevo al Tribunal Constitucional, el presidente del Parlament, que esta vez no se apellidará Forcadell, podría terminar con sus huesos en la cárcel tras una ulterior sentencia por desacato. Y mientras tanto, el 155 volvería por sus fueros. Sea como fuere, decantándose por la una o por la otra, plegarse de grado al desvarío solipsista de Puigdemont significaría un suicidio anunciado para la comunión catalanista. Porque esa tropa no es nada sin el presupuesto. Y lo saben. Así que marearán la perdiz del orgullo herido hasta el último segundo del último minuto. Y cuando la luz roja de los plazos reglamentarios se encienda amenazadora, el Payés Errante designará magnánimo a un presunto (o presunta, mejor) testaferro. Como Mas, el otro gallito de corral, hiciera con él mismo en similar trance. Ya se sabe, a la fuerza ahorcan. Y la historia, testaruda, se volverá a repetir. El testaferro (o mejor, la testaferra) querrá volar solo. Y lo hará. Claro que lo hará. Puigdemont, ¡ay!, ya huele a juguete roto. Sic transit.

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