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Me cuentan que la escena fue memorable. Al punto de que los más de ciento cincuenta delegados que iban llegando a la sede central del partido no daban crédito a lo que estaba ocurriendo. Pero sí, era él el tipo que se había apostado tras la puerta para irlos abrazando uno a uno, antes de que accedieran a la gran sala de juntas de la Federación de Barcelona del PSC. Ocurrió hace dos años, justo una semana después de que trascendiera que Joan Ferran, el hombre de Montilla en la capital, pretendía descabalgarlo de las listas al Ayuntamiento. Nunca antes lo habían visto por allí, ni es probable que lo vuelvan a ver. Porque aquel besuqueiro espontáneo se llamaba Joan Clos, el desde hoy ministro de Industria.
Anestesista de profesión, no consta que Clos sepa nada de economía, algo que garantiza que el nuevo titular de la cartera sabrá estar a la altura de su antecesor. Y es que lo suyo más bien es la estética. Así, se revelaría como un maquillador sublime a la hora presentar las cuentas del Forum, uno de los mayores fracasos financieros y de gestión que ha sufrido la ciudad en toda su historia. Pues, travistiendo con un pase mágico las subvenciones estatales en ingresos corrientes, conseguiría ocultar a la opinión pública el agujero descomunal que dejó aquella feria de las vanidades multiculturales. Un circo pijo-progre que habría de servir de coartada a una de las mayores operaciones de especulación inmobiliaria del Mediterráneo: la promoción en sus terrenos de la urbanización Diagonal Mar. Pisos, a más de un millón de euros de precio medio, para resolver el acuciante problema de las viviendas para jóvenes.
Hombre de sensibilidad exquisita, se abstuvo al tiempo de asomar su delicada nariz en la fosa séptica del Carmelo. Aquel asunto, simplemente, no iba con él. Porque al doctor Clos la única basura que le apetece investigar es la doméstica. De ahí que se convirtiera en el Gran Hermano de los contenedores urbanos. Ese será uno de los grandes hitos del alcalde que los barceloneses tardaremos en olvidar. Pues creó una temible policía municipal de las heces. Su cometido consiste en abrir y rebuscar en las bolsas de la porquería, en busca de pistas sobre sus titulares. Una vez localizado el criminal, el Ayuntamiento lo multará severamente si barrunta que se deshizo de ella antes de las nueve de la noche. Mientras tanto, Barcelona se ha convertido en el paraíso europeo de los okupas. Y ya circula por todo el continente la nueva de que los camiones de reparto de cerveza se desplazan hasta las casas okupadas del barrio de Gracia para abastecer de birras a sus festivos inquilinos. "Proyectan formas de ocio alternativo", les espetó Clos a unos vecinos hartos de no poder dormir por culpa de sus alternativos decibelios. Para él es música celestial.
Estaba cantado: de mantenerlo como candidato, iban a perder las elecciones ante Xavier Trias, la muy presentable alternativa de CiU. Cabía, pues, que el PSC se arriesgase a soportar otro espectáculo de resistencia numantina como la de Maragall o darle una patada hacia arriba. Lo malo es que, al final, la patada ha sido en el culo de todos los españoles. Y si no al tiempo.

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