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Vuelvo a Barcelona. E igual todos los viernes, escucho con atención las explicaciones de la azafata antes de que el avión huya de Barajas. Aunque nunca acertaré a adivinar cómo ese flotador que ahora simula hinchar habrá de salvarme el pellejo, caso de que la nave se desplome sobre Zaragoza, pongamos por caso. Al pasajero que se sienta a mi izquierda parece ocurrirle lo mismo; pues adivino idéntico escepticismo en su mirada durante la fracción de segundo en que se cruza con la mía. Más tarde, ya en el aire, recuerdo ese titular que ojeé hace unas horas, en La Vanguardia, el que prometía frenéticas negociaciones secretas para cerrar lo del Estatut antes de fin de año. Y como si de un reflejo condicionado se tratase, otra vez se me va la vista hacia Rubalcaba, que, ajeno a mi acecho, se mesa la barba mientras contempla absorto las nubes.
Pero como hace años que renuncié a comprender las leyes imposibles del azar, opto por abrir el libro en página marcada y proseguir con la lectura interrumpida. “¿Dónde está la solidaridad nacional? No se ha visto por parte alguna (…) Un instinto de rapacidad egoísta se ha sublevado, agarrando lo que tenía a mano, si representaba o prometía algún valor, económico o político o simplemente de ostentación y aparato”. El personaje que así me habla es Garcés, alter ego de Manuel Azaña en “La velada en Benicarló”. De tal modo, mientras mi vecino de butaca semeja abducido por la bóveda celeste, el hombre a quien Cataluña debió su autonomía durante la República confiesa, desengañado: “Barcelona quiso conquistar las Baleares y Aragón, para formar con la gloria de la conquista, como si operase sobre territorio extranjero, la Gran Cataluña (…) En el fondo, provincianismo fatuo, ignorancia, frivolidad de la mente española, sin excluir en ciertos casos doblez, codicia, deslealtad, cobarde altanería delante del Estado inerme, inconsciencia, traición”.
Y añade aquél a quien fuera leal hasta la muerte el Capitán Lozano: “La Generalidad funciona insurreccionada contra el Gobierno. Mientras dicen privadamente que las cuestiones catalanistas han pasado a segundo término, que ahora nadie piensa en exaltar el catalanismo, la Generalidad asalta servicios y secuestra funciones del Estado, encaminándose a una separación de hecho. Legisla en lo que no le compete, administra lo que no le pertenece”. Dentro de cinco minutos aterrizaremos en El Prat, acaba de prometer una voz por los altavoces; la noticia parece iluminar aún más, si cabe, ese semblante risueño que hoy luce el Rasputín de Ferraz.
Por mi parte, sigo leyendo. “Los periódicos, e incluso los hombres de la Generalidad, hablan a diario de la revolución y de ganar la guerra. Hablan de que en ella interviene Cataluña no como provincia sino como nación. Como nación neutral, observan algunos. Hablan de la guerra en Iberia. ¿Iberia? ¿Eso qué es? Un antiguo país del Cáucaso… A este paso, si ganamos, el resultado será que el Estado le deba dinero a Cataluña”. He de parar ahí: acabamos de llegar a Casa Nostra. Giro de nuevo a siniestra, pero Rubalcaba ya ha desaparecido. Debía tener mucha prisa y se ha desvanecido en ese coche que lo aguardaba a píe de pista. Sin duda, corre raudo a resolver el problema catalán. Para siempre.

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