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Irán todos al entierro. Y al terminar la ceremonia, derramarán una lagrimita por sí mismos. En cuanto a su conciencia, continuará tan tranquila como siempre, pues está claro que la culpa de todo la tuvo del bloqueo. Porque la miseria moral y material en la que está hundida Cuba, por supuesto, nada tiene que ver con el socialismo. Como tampoco los principios doctrinales socialistas albergaron relación alguna con la miseria material y moral que enfangó a la Europa que quedó atrapada tras el Muro. Igual que ni uno solo de los cien millones de cadáveres que arrojó la utopía colectivista en las cunetas de la Historia podría proyectar la menor sombra de duda sobre la superioridad ética del socialismo. Por eso, no hay nada de que discutir: toda la culpa fue del bloqueo. Y si no hubiera sido del bloqueo, sería de Castro. Y si no fuera de Castro, sería del Partido. Y si no fuera del Partido, sería de Stalin. Y si no fuera de Stalin, sería de Lenin. Y si no fuera de Lenin, seria de las condiciones objetivas. Y si no, de quien sea, tanto da. Pero nunca del socialismo.
Y es que, para nuestra izquierda, los cataclismos humanos que han provocado todas las experiencias socialistas que recuerdan los anales no poseen relevancia explicativa alguna; ni prueban nada, ni nada enseñan. Los campos de concentración y las hileras interminables de sepulturas que han dejado a su paso, tampoco. De hecho, para ellos, es la propia realidad la que no importa. Así, los hechos siempre serán interpretables, contextualizables, susceptibles de lecturas; es decir, irrelevantes. Por el contrario, son las intenciones, sólo ellas, las llamadas a ocupar el altar de lo sagrado. Porque nuestra izquierda ha dejado de ser racionalmente marxista, pero su corazoncito aún sigue tiernamente hechizado por el encanto de la Idea. Cómo no habrían de conmoverse ahora ante el señor Raúl –Moratinos dixit– y el resto de los heroicos camaradas que resisten aferrados al gran sueño imposible.
Sí, claro, los camaradas roban, trafican con coca, apalean a los "mariconsones", chulean a las mulatas del Malecón, torturan y asesinan. Pero, la Idea... ¡es tan bella! Qué distantes la pureza del concepto y la obstinación de sus últimos defensores, del zafio empirismo de esos gusanos que gritaban ayer en Miami. Qué lejos su prosaico mundo, el que osa recurrir a la razón para juzgar al ideal, del otro, el genuino, el puro, el de las intenciones. Sí, puede que Fidel fuese un idiota moral. ¿Y? ¿Acaso no era tan bello aquel sentimiento de crear al Hombre Nuevo? ¿Acaso no era sincero, hermoso, verdadero, el fuego justiciero que ardía en su corazón? ¿O tal vez los hechos, los vulgares, los groseros hechos, pueden ensuciar la limpieza inmaculada de un sueño? Irán todos al entierro, con ZP a la cabeza. Y cuando termine la ceremonia, nada cambiará: volverán a colgar el póster del Che en la habitación de la infancia eterna. La suya de siempre.

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