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En la provincia toda de Lérida hay seis y en Cracovia, nueve. Es un simple dato estadístico. Sin embargo, deja zanjado el asunto para siempre jamás. Seis, ni uno más ni uno menos. Resulta que hemos malgastado los mejores años de nuestra vida intelectual dándole vueltas a una cuestión que, en realidad, importaba a seis. Por no hablar del irreparable daño ecológico. Cientos de miles de árboles talados durante un siglo para pasar a limpio la querella. Millones de folios emborronados a favor o en contra, que tanto da. Pues, al final, en Lérida había seis y en Cracovia nueve. Eso era todo. Punto. Y pensar que aún quedan cretinos por ahí que se ofenden cuando les llaman polacos. Pero si deberíamos sentirnos orgullosos de que nos tildasen de polacos. Es más, habríamos de exigir que nos gritasen ¡polaco! en todas partes. En realidad, tendríamos que ser polacos de pleno derecho, emigrar en masa allí y pedirle, rogarle, suplicarle la nacionalidad al guardia de la porra que vigila la frontera. ¡Nueve! ¡Un cincuenta por ciento más que en la Terra Ferma!
Lo de Cracovia lo supe por cierto Gregori, en Perpiñán. Era la primera vez en su vida que oía una conversación en catalán a catalanes. Y el hombre estaba maravillado. Sobre todo, por el completísimo master en tacos, blasfemias, juramentos y reniegos vernáculos que se le impartió en una sola noche de clases. Por lo demás, hasta dar con el tal Gregori también uno vivía en la superstición de que más allá del Ebro, únicamente el difunto Menéndez Pelayo y el lozano Tomás Cuesta conocieran de pronombres débiles y eses sordas. Mas no, allí estaba Gregori con su flamante título de licenciado en Filología Catalana desfaciendo el entuerto. Y encima, en su promoción aún había otros ocho más esperando a que Jaruzelski les concediese un visado para comprobar que no habían empeñado cinco años en el estudio de una lengua muerta.
Bien, pues en toda Lérida, seis. O sea, seis matriculados en la Universidad de Lérida; otros catorce excéntricos en la de Tarragona; dieciséis frikis más en la de Gerona; y 78 en Barcelona. O sea, que el catalán no es que le importe una higa a Montilla –de ahí que se niegue a aprenderlo–, es que no le interesa a nadie. O sea, que todo era mentira. O sea, Matrix. O sea, si ya le hemos colado el Estatut al Tonto, que era de lo que se trataba, para qué seguir escondiendo el papelito. O sea, somos una nación. O sea, seis.

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