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Aquel día, Jordi Sevilla acababa de descubrirlo, pero el problema venía de muy atrás, de 1979. Pues ya entonces era demasiado pronto aún para que un charnego alcanzase la Presidencia de la Generalidad, por lo que Felipe González ungió candidato al difunto patricio local Joan Reventós, que claudicaría muy honrosamente ante sus iguales: por diez a cero. Como cuatro años después la redención de los moriscos también se antojaba asaz prematura, el PSOE arrojó al carismático Raimon Obiols a los pies de Pujol. Al día siguiente casi hubo que reformar el Reglamento del Parlament para que el PSC pudiese formar grupo parlamentario propio.
Y como ocho años más tarde seguía siendo impensable –"una locura, oye"– la hipótesis del charnego razonablemente agradecido, en Ferraz optaron por una baza segura: el mismo Obiols, que esa vez sólo quedaría veinte puntos por debajo de CiU. Ilusionados por la consolidación de la tendencia, en la otra ronda apostaron a la misma casilla, aunque, eso sí, acentuando –por si acaso– la buena nueva catalanista en el programa. Recuerdo que hasta al presentador de TV3 se le escapaba la risita tonta al leer los datos del escrutinio en la noche electoral.
Sin embargo, a pesar del naufragio sin paliativos, los estrategas socialistas identificaron el gran riesgo a largo plazo de la estrategia: sus candidatos, por supuesto, no eran charnegos, pero trataban de disimularlo. De ahí que luego optasen por un aborigen desacomplejado, un patriota con denominación de origen comarcal, nativo orondamente genuino, sin la menor mácula de españolismo en su ADN cultural: Joaquim Nadal. Funcionó: lo barrieron incluso en Gerona, predio donde la familia de Quimet viene cortando todo el bacalao provincial desde antes de que a Carlomagno le diera por fundar la Marca Hispánica.
Hubo de ser tras ese nuevo desastre cuando hasta los más escépticos cayeran rendidos a la tozuda evidencia de los hechos: el PSC sólo podría volver a perder presentando como aval a un sentimental abiertamente independentista, un soberanista galáctico del estilo de Pasqual Maragall. Y aún así se antojaba arduo alcanzar el objetivo, más lo lograron. De tal guisa, en la primera intentona, el viejo Ubú lo noqueó sin despeinarse –algo inevitable por lo demás–; y en la segunda, ese majestuoso tupé que da sombra al antiguo cerebro financiero de Casinos de Catalunya S. A., repetiría la faena del patriarca.
Comprenderá, pues, el lector la inquietud que asaltó a Zapatero al saber del turbio pasado andaluz de su candidato, Josep Montillà i Aguilerà. Aquella zozobra charneguil que sólo la serena sapiencia de Suso de Toro habría de disipar, al susurrarle al presidente la célebre sentencia de Cocteau sobre la monstruosa criatura de ocho añitos que garrapateara cierto libro de ripios que en su día conmoviera a Francia. "Todos los niños del mundo son poetas menos Minou Drouet". Luego, tras la revelación del filósofo, hasta Jordi Sevilla sabría comprender la aliviada sonrisa de Zetapé.

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