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Se preguntaba ayer Maite Costa qué pasaría si el centro de decisión de Endesa estuviese en Alemania. Pues, para empezar, pasaría que el centro de decisión de la soberanía germana seguiría en el Bundestag, y no en el Lander de Sajonia. Para continuar, pasaría que no pasaría nada. La torre la alta tensión de Iznájar continuaría quietecita en su sitio, como siempre, y no emigraría a Munich con una maleta de madera al hombro en plan vente a Alemania, Pepe. A los fanales municipales de Cornellà tampoco les daría por apretujarse en vagones de tercera camino de Polonia, con el argumento de que allí los faroleros de Solidaridad no se te ponen en catorce pagas al año más la extra. Ni a los saltos de agua del Tajo les ofrecería nadie stock options para irse a mover las turbinas eléctricas de Baden-Baden.
Y para terminar, pasaría que, felizmente, evitaríamos la repetición de un atraco a los consumidores que cierta Maite Costa denunciara en su tesis doctoral. Pues tal que así cavilaba la joven doctoranda Costa en lúcida elucubración académica: "En 1897 la Compañía Madrileña de Gas adquirió la totalidad de las acciones de Alemana de Electricidad", el otro gran proveedor de la época, "con lo que prácticamente desapareció la competencia. (…) Ese reparto del mercado aumentó los precios y las ganancias. Estas llegaron a crecer, en la Compañía Madrileña, hasta un 50 por cien. El monopolio de la sociedad de gas y electricidad perjudicó a los usuarios al encarecer excesivamente el producto y servirlo de peor calidad". Elemental, querida Maite.
En realidad, tanto si el centro de decisión de Endesa se fuera a Alemania como si partiese raudo hacia el Congo, lo único que pasaría y pasa y pasó y pasará y seguirá pasando es el tiempo; sobre todo, por Maite Costa. Por eso, si la doctora Costa aún conservase la mitad de la mitad de su clarividencia juvenil, ayer, hubiera planteado el interrogante al revés. ¿Qué no ocurrirá jamás de los jamases en Alemania si se traslada allí el centro de decisión de Endesa? Esa era la pregunta buena, la del millón, que no se le ocurrió a la mandamás de la CNE.
Tal vez porque conocía demasiado bien la respuesta. Porque sabe que el alcalde de Berlín no exigiría como condición sine qua non extirpar la rojigualda de todos los torreones, almenas y matacanes de la sede de E.On. Porque intuye que el CNI nunca descubrirá a Angela Merkel en un pisito franco, comiendo una paella de sobre con Josu Ternera. Porque descarta que gobernante germano alguno vaya a encamarse con antiguos pistoleros cuyo único programa político consista en destruir España. Porque sospecha que el Instituto Cervantes de Brandeburgo no será dinamitado para izar en el solar un colegio japonés. Y porque ni borracho imagina a Helmut Kohl amenazando a España con un drama servido a la carta. ¿O no?

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