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Los genuinos cambios revolucionarios, los profundos, suelen ocurrir de un modo tan discreto, inadvertido y silencioso que rara vez los contemporáneos llegan a tomar conciencia plena de su eclosión. Prueba de ello es la mutación repentina que acaba de sufrir la idiosincrasia catalana. Y es que el rasgo psicológico que moldeara nuestro carácter colectivo durante los últimos dos mil años ha hecho un súbito mutis por el foro, sin que casi nadie lo haya advertido. Me refiero a la desaparición fulminante del ancestral sentido del ridículo, aquella virtud civil que en Cataluña llegó a expandirse hasta alcanzar la mismísima raya que marca la frontera con lo patológico.
Por lo demás, a día de hoy aún no se nos ha revelado la letra pequeña del canon que ha de sustituirlo. Aunque se antoja fácil adivinar el ideal supremo de esa nueva ética pública: hacer jocosamente el payaso en cada uno de los escenarios que a uno le brinde la existencia. De ahí que los padres más intuitivos ya hayan arrojado a la basura los viejos vídeos de Los Picapiedra, y proyecten a sus bebés las andanzas televisivas del tíquet Tardà-Puig en su lugar. Y también de ahí el encendido debate que se está desarrollando ahora mismo en la sociedad civil al objeto de identificar y premiar al más necio de nuestros embajadores en Madrit.
En esa disputada querella, entre los observadores y simples aficionados resulta prácticamente unánime el consenso en torno a la figura señera de Joan Asaltapiscinas Puig. Sin embargo, es otro el favorito cuando se consulta a los expertos. No niegan éstos que Puig sea un lerdo notabilísimo; al contrario, reconocen su genio y lo tienen por un gran tonto de capirote. No obstante, los análisis técnicos y desapasionados de los especialistas coinciden al señalar a Pere Navarro, el director general de Tráfico, como supremo rudo entre nuestros zotes de exportación. Las razones de esa preferencia se asentarían en una muy sólida evidencia científica: la gestión de Navarro sería la que más se ajustase a las premisas canónicas que Alexander Zinoviev señalara en su gran obra sobre la estupidez del Poder.
Así, escribe Zinoviev: “Las instituciones soviéticas no planeaban soluciones a cuestión alguna, sino que eran el resultado de la búsqueda de soluciones”. Por eso, definían los problemas de modo que se ajustasen a las soluciones políticamente viables, y no al revés. Si se quería eliminar el mercado negro, se dejaban de producir los bienes que circulasen por él. Si se pretendía reducir la tasa de crímenes impunes, se doblaba el número de los condenados en juicios penales. Si se proponían resolver las estadísticas de mortandad en accidente de tráfico, hacían lo mismo que Navarro: cambiar la ley para que sólo se considerasen fallecidos en carretera los muertos hallados encima del asfalto; de ese modo, los que aparecieran sobre la cuneta o en el arcén dejaban de computarse.
He ahí la razón de que a estas horas ya deba estar nuestro Pere redactando feliz la nota de prensa que achacará tropecientos desaparecidos en anteriores operaciones retorno al neoliberalismo salvaje de Aznar. El voluntarioso Puig lo intentó con todas sus fuerzas, mas deberá rendirse a la evidencia. Hasta para él resulta imposible ingeniar una tontería semejante.

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