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Susana Díaz se va a estrellar

¡Qué error, qué inmenso error! Ahora sí.

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Susana Díaz | EFE

A apenas siete días del más que previsible fiasco de la operación Susana Díaz, esa genuina maniobra de Estado llamada a acabar como el rosario de la aurora en la que habían empeñado su capacidad de presión e influencia la práctica totalidad de lo que cuando aún éramos jóvenes se llamaban "los poderes fácticos", convendría esbozar una primera aproximación a las causas del desastre. Causas que más allá de los errores de libro que han sazonado la campaña oficialista, empezando por la chusca escenografía tabernaria que sirvió de marco a la defenestración por las bravas de Sánchez, remiten a los dos grandes errores de partida en que incurrieron los promotores, tanto internos como externos, de la candidatura de la presidenta andaluza. El primero de ellos recuerda mucho, por cierto, al que cometieron tantos jerarcas franquistas cuando el Rey decidió designar a Adolfo Suárez, apenas un cuadro de segundo orden dentro de la élite dirigente de la dictadura, como sustituto de Arias Navarro en la Presidencia del Gobierno. ¡Qué error, qué inmenso error!, clamó con miopía que se haría legendaria uno de ellos, Ricardo de la Cierva.

Y es que, al igual que todo aquel viejo personal político del régimen que miraba al joven Suárez con una mezcla de escepticismo y desprecio (¡un don nadie de Ávila que ni siquiera se había sacado las oposiciones de abogado del Estado!), los patrocinadores de Díaz también han olvidado la primera lección que todo profesional del poder tiene que traer aprendida de casa. Porque las voluntades de los de abajo solo se pueden comprar con garantías cuando las redes clientelares, esas que en todas partes dan sustento a los núcleos dirigentes de los partidos, dominan las suficientes administraciones públicas como para estar en condiciones de repartir los preceptivos favores en forma de empleos u otras mil dádivas. Los franquistas pata negra, agrupados en torno a Fraga en la difunta Alianza Popular, se estrellaron en las urnas frente a quien tenían por un simple parvenu porque el grueso del aparato del Estado mostró una adhesión inquebrantable y sin fisuras a quien les pagaba la nómina cada fin de mes. Y, en aquel instante, ese ya era el presidente Suárez, que lideraba la UCD.

De idéntico modo, y pese a que en un proceso de captación de avales no se pueda mantener el secreto del voto, la pavorosa indigencia de poder institucional en que mora el PSOE fuera de Andalucía no ha sido tenida suficientemente en cuenta por los verdugos de Sánchez. Nadie previó que, en tales condiciones, ya no se puede tener cogidos a los electores por el recibo de la hipoteca. Craso error del que algunos y algunas tal vez empiecen a ser conscientes a estas horas.

El segundo yerro, en fin, tiene que ver con esa mentira piadosa, la especie tantas veces repetida de que Susana sí gana elecciones, que, a fuerza de recitarla, se han acabado creyendo sus propios creadores. Porque la sencilla pregunta de si la señora Díaz Pacheco mejoró en las autonómicas de marzo de 2015 los resultados que otros candidatos del PSOE de Andalucía obtuvieron en las generales de diciembre de 2015 solo tiene una respuesta: no. La prosaica verdad es que Díaz perdió cuatro puntos en marzo de 2015, y los otros perdieron solo uno más en diciembre. Con la agravante añadida de que todo lo perdido por ella se concentró en las grandes ciudades. ¡Qué error, qué inmenso error! Ahora sí.

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