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Theresa May, la enterradora de Thatcher

Pierdan toda esperanza los nostálgicos del thatcherismo. Theresa May, la novísima líder de los 'tories', tiene muy poco que ver con Thatcher.

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Theresa May y su marido Philip saludan desde la puerta del 10 de Downing Street | EFE

Pierdan toda esperanza los nostálgicos del thatcherismo. Theresa May, la novísima líder de los tories, tiene muy poco que ver con Thatcher. Para empezar, porque May, a diferencia de Thatcher, sí es conservadora, conservadora por convicción y por formación intelectual. Algo que, ya de entrada, la sitúa en las antípodas del espíritu thatcheriano, tan proclive siempre a los maximalismos doctrinarios y a ese ímpetu iconoclasta y revolucionario que tanto le hacía parecerse a sus más feroces adversarios ideológicos. Los genuinos conservadores, es sabido, nunca consideraron a Thatcher de los suyos. Y Theresa May resulta ser justamente eso, una conservadora genuina. Aquella herejía tan ajena en el fondo y en la forma a la vieja tradición conservadora británica, la que llegó al poder a finales de los setenta del brazo de la Dama de Hierro, era una abigarrada y no siempre coherente mezcla de ideas sacadas de los economistas de la Escuela de Chicago, de elementos varios extraídos de la Escuela Austriaca y, sobre todo, de la teorización más extrema y antiestatista de la Escuela de Virginia. Nada que ver con las fuentes clásicas del pensamiento conservador británico y continental.

Bien al contrario, los ideólogos del thatcherismo trataron de emparentar a la derecha británica con la norteamericana, desligándola por entero del universo intelectual que hasta entonces le había sido propio. Nada recordaba en el thatcherismo, ni su teoría general del Estado mínimo, ni su entronización idealizada del Homo economicus, ni su individualismo radical, ni su apelación a los contratos mercantiles como soporte exclusivo del orden económico y social, ni su fe casi religiosa en la validez universal de los principios del libre mercado, a la cosmovisión siempre escéptica y particularista de un Disraeli, un Carlyle, un Burke, incluso un Adam Smith. Así, y por encima de cualquier otra consideración, lo que supuso la súbita eclosión del thatcherismo fue un divorcio entre la derecha británica, aunque sería más preciso hablar de derecha inglesa, y la tradición europea de la filosofía conservadora. El gran sueño de Thatcher era convertir al Reino Unido en una versión en miniatura de Norteamérica. Una quimera que pronto se reveló imposible.

Porque Europa no es Estados Unidos. Y Gran Bretaña, le guste o no, es Europa. La utopía de Thatcher fracasó por eso. En Europa, el libre mercado no dispone de la legitimación social que lo hace incuestionable al otro lado del Atlántico. De modo análogo, el rigorismo moral asociado al fundamentalismo religioso, elemento clave en la articulación del discurso cívico de la derecha estadounidense, resulta imposible de trasladar a la vieja Europa. Como en el resto del continente, el grueso de la sociedad en Gran Bretaña está completamente secularizada. Es, a diferencia de Estados Unidos, poscristiana. De ahí que, por mucho que se intente, sea imposible americanizar la política europea. Seguimos siendo, pese a las hamburguesas y el cine de Hollywood, demasiado distintos: menos individualistas, más laicos, menos alérgicos al Estado… La reconversión del Partido Conservador en una franquicia de los republicanos, el empeño obsesivo de Thatcher, no podía que terminar más que como lo hizo: en un fracaso. Olvidadla, Teresa Mey no es su sucesora sino su enterradora.

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