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Si Zapatero leyese algo más que los solecismos de Suso de Toro, tal vez nos habríamos ahorrado el desastre. Ahora ya es demasiado tarde. Aunque si alguien le hubiera subrayado a tiempo aquella frase de Royer Collard que siempre citaba Cambó para denostar la ceguera de los doctrinarios decimonónicos –"Nada hay tan despreciable como un hecho"–, quizás tampoco la hubiese comprendido. De ahí su jura de Santa Gadea en el mitin de Montjuic: "Pasqual, pese a la palmaria indiferencia de los catalanes por la reforma del Estatuto, dinamitaré los cimientos de la Constitución sólo con tal de darte gusto a ti, que por no representar ni siquiera representas al PSC".
Y todo para descubrir después que, con soplar un pelín, la mítica burguesía progresista e ilustradísima de Pedralbes se desvanece en el aire cual pompa de jabón. Alabado sea el Señor, resulta que se imponía desgarrar el encaje de bolillos del consenso de la Transición por mor de doña Diana Garrigosa las Peñas y sus alegres chicos del Boccacio. Total, para al cabo fulminarlos él mismo, sin despeinarse y sin que ni tan siquiera hiciera falta sacar de su caseta a Enric Sopena. Pues, oh gran descubrimiento, eran tigres de papel. A buenas horas, mangas verdes.
No es desgracia menor que el nacionalismo tampoco se cure viajando. Pero viajar ayuda a conocer a los nacionalistas. Razón de que si Zapatero supiese qué es Barcelona, si hubiera olido los ricos embutidos de Cárnicas González en pleno corazón del Paseo de Gracia –algo así como El Pocero presidiendo el Club de Golf de Sotogrande–, al menos habría atisbado que "La saga de los Rius" ya no es más que otro de esos capítulos del No-Do que vende Pedro Jota los domingos. Pujol, con esa astucia suya de payés venido a más, siempre lo supo.
De ahí que a lo largo de un cuarto de siglo jamás se planteara en serio desalojarlos del Ayuntamiento de Barcelona. Estaba en el secreto. Y sabía que los viejos apellidos patricios de la izquierda catalanista también necesitan pastar indefinidamente en el Presupuesto para llegar a fin de mes. Vaya, igual que un Montilla cualquiera. Por eso, el Patriarca nunca se toleró olvidar que "vive y deja vivir" constituye la principal ley no escrita que todos han de obedecer en Casa Nostra. ZP, como todos los maridos cornudos o "preteridos de modo insolidario dentro de un proyecto de vida en común", que diría él, será el último en enterarse. Pero la escisión de los señoritos del PSC está cantada.
A Ciudadanos por la Continuidad (antes, Ídem por el Cambio), la colla de los amiguetes de Maragall, Carod les hará un apaño en las listas de Esquerra; su lugar natural, por lo demás. Así los perderá de vista Zapatero. Aunque sólo hasta el próximo uno de noviembre. El día en que Montilla, Maragall, Carod y Saura se sentarán a pactar el nuevo Tripartito. Y vuelta a empezar.

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