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Bien mirado, el asunto es simple. Decidieron construir muchísimas más casas de las que necesitábamos. Y construirlas justo donde no las necesitábamos (la gente, que es muy rarita, suele trabajar en otros sitios, lejos de las azules playas y las verdes praderas recién recalificadas). Por lo demás, no tenían suficiente dinero para levantar tanto edificio inútil, así que se vieron obligados a pedirlo prestado en el extranjero. Por último, tampoco disponían de los obreros que supiesen izarlos en condiciones, razón de que también debieran de ir a buscarlos más allá de nuestras fronteras.
He ahí las claves del "milagro económico español" que dejó maravillado a tanto lelo durante la década prodigiosa que acaba de hacer mutis por el foro de la Historia. En fin, gracias a semejante ejercicio de lucidez colectiva, ahora dispondremos de cientos de miles de viviendas vacías ubicadas en sitios absurdos, de decenas de bancos internacionales reclamando sus préstamos multimillonarios –en divisas of course– más los intereses, y de seiscientos mil extranjeros desarraigados y en paro vagando a la deriva por las aceras de nuestras ciudades.
Bien, ante escenario tan óptimo, el sistema financiero más sólido del mundo ha sufrido una repentina crisis de confianza en el prójimo. Consecuencia de ello es que no suelta ni un céntimo a nadie. Consternados, Gobierno y presunta oposición coinciden en sus respectivos diagnósticos: el eslabón más débil de la cadena –barruntan tanto los socialistas del PSOE como los del PP–, las víctimas propiciatorias de un cataclismo provocado por irresponsables terceros son... los pobres banqueros que impulsaron todas esas promociones inmobiliarias. En consecuencia, a ellos, y sólo a ellos, habrá que auxiliar con cuanto dinero público fuere menester.
Al tiempo, el incidente doméstico se agrava por coincidir con otro internacional. Resulta que el mundo entero amenaza con hundirse como el Titanic a causa –nos aseguran– de que unos cuantos negros en paro de Alabama han dejado de pagar el recibo de la hipoteca. No son muchos, apenas el doble que en un año normal (300.000 millones de dólares en impagos hipotecarios durante 2008, frente a los 150.000 de los ejercicios anteriores en Norteamérica). Pero sí son los suficientes para que nuestros doctrinarios de guardia se enfrasquen en el habitual diálogo de besugos miopes sobre galgos y podencos.
Mientras, pocos reparan en el detalle de que los derivados, esos activos representativos de la nada más absoluta que Jacques Chirac definió en su día como "el sida de las finanzas", ya han alcanzado un volumen que equivale a siete veces el PIB de la Tierra. Sí, atónito lector, el setecientos por cien del valor de la producción de todos los países del mundo durante un año en forma de apuestas a una ruleta rusa sistémica. Algo así como mil millones de millones de dólares encima de un tapete de póquer planetario.
No obstante, no se deje engañar por las apariencias: el único responsable de la crisis es el negro de Alabama.
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