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Si bien se mira, esto ya sólo se podrá salvar recuperando a Romanones en el baúl de la memoria histórica. Y no estoy pensando en su célebre crónica abreviada de nuestro siglo XIX –"joder, qué tropa"–, sino en aquel aforismo al que deberíamos aferrarnos si queremos evitar la balcanización a plazos: "Dejad que otros hagan las leyes, yo escribiré los reglamentos". Porque, de momento, nada pasa, salvo un ciego con una pistola por los jardines de La Moncloa. Pero cuanto más tiempo continúe ahí, disparando al azar, más condenados estaremos a elegir entre dos únicos candidatos posibles para sustituirlo: Romanones o Milosevic.
Y el mal menor siempre será Romanones. Pues nadie que conserve la cabeza sobre los hombros ignora que el mismo día que letra y el espíritu del Estatut llegaran a aplicarse, habría comenzado la cuenta atrás para el final, tanto de la Monarquía, como de la democracia parlamentaria. Por lo demás, el primero en invocar el magisterio del conde no fue otro que el propio Zapatero, al violar todas las normas escritas y no escritas del consenso constitucional del 78. De ahí la gran paradoja: el único camino no minado que resta para salvar el sistema es seguir avanzando hacía atrás por la misma senda que ZP ha abierto, volver de cabeza a aquella ficción de legalidad que fue la Restauración.
Así, cuando al presidente se le acabe la última bala, tras el recuento de las víctimas, habrá que cambiar unilateralmente la Ley Electoral. Será inevitable elevar a cuatrocientos el número de diputados en el Congreso, tal como autoriza la Constitución. Y será inevitable proceder de ese modo porque aún habrá algo más inevitable todavía: excluir a las minorías nacionalistas en la formación de las mayorías parlamentarias. Y más inevitable aún que acabar con su poder para chantajear a los gobiernos de turno, será reformar, también unilateralmente, la Ley Orgánica del Tribunal Constitucional.
Como unilateralmente habrá que modificar la Ley Orgánica del Poder Judicial. Porque no quedará más remedio que seguir hasta el final la gran doctrina constitucional de Zapatero; es decir, que la ley se acate pero que no se cumpla. Derogada de hecho la Constitución por el Estatuto catalán y sus clones, sólo el triste subterfugio de los reglamentos de Romanones habrá de mantenernos en el engaño de que aún sigue vigente.
Y con esos harapos habremos de cubrirnos hasta que de las filas del PSOE surja otro general Della Rovere. Aquel farsante infiltrado por los alemanes entre la resistencia italiana que, al final, acabó creyéndose su propio personaje. Aquel insólito Giovanni Bertoni, el antiguo macarra y contrabandista que de tanto representar el papel de patriota entre los patriotas, terminó persuadido de que lo era realmente. Aquél que acabó fusilado por sus patronos con el monóculo puesto, impecable el uniforme de gala y gritando: "¡Viva el Rey, viva Italia!". Aquel falso general Della Rovere que se inmoló convirtiendo en real la comedia bufa que había sido su vida.

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