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El día de hoy, sin duda, pasará a historia, aunque así, en minúsculas y de puntillas, como por lo demás sucede con todas las grandes nimiedades que se vienen alumbrando en Casa Nostra de una generación a esta parte. Será una jornada memorable porque pondrá fecha y hora al cierre de un ciclo histórico del catalanismo político que quizá sea el último. Y es que aquel orgulloso movimiento cívico y cultural que naciera contemplando al resto de España por encima del hombro, el mismo que lleva un cuarto de siglo mirándola de reojo de tan absorto como está con la oronda redondez de su ombligo, al fin, se ha atrevido a reconocerse ante un espejo.
Cien años han necesitado para resolver el dilema metafísico que atormentara a Cambó. Cien años fantaseando con travestirse de Bismarck en España y de Bolívar en Cataluña para, al cabo, reencarnarse en un triste Manolo Chaves de Cornellà y un ridículo Evo Morales de Tarragona. Cien años anunciando el parto de los montes de aquel regeneracionismo ibérico que habría de liderar la tan europea e ilustrada Barcelona; y lo que se nos aparece tras las fórceps de la posmodernidad es Pepe Montilla del bracete de Carod Rovira. ¡Gloriosa efeméride para los anales!
Y qué decir del resto de la familia. Tanto reírse de ese rudo de Iznájar por ignorar qué significa català de la ceba y resulta que el que no tenía ni idea de cómo son los catalanes de carne y hueso era Mas. Porque el saldo mediocre de su apéndice, Piqué, estaba descontado por todos, empezando por él mismo. A fin de cuentas, Piqué es el último franquista sociológico que queda en España. De ahí que la gente comprendiese que su verdadero eslogan no era "que gane el sentido común", sino el que gastó el gallego durante toda su vida: "hagan como yo, no se metan en política". Pero lo de CiU... Lo de CiU no tiene perdón de Vifredo el Velloso.
Qué patética esa legión de petimetres engominados que rodea a Mas. Tan seguros ellos de que si Pujol se trabajaba las campañas disfrazado con pantalones de pana, camisas de leñador canadiense y a régimen de mongetes amb butifarra sólo era por sentimentalismo pairal. Quién sabe. Tal vez esos niños malcriados que acaban de fundirse la herencia del patriarca comprendan algún día que la Convergencia de Pujol sí era un genuino movimiento popular e interclasista. En cualquier caso, entonces ya será demasiado tarde.
Igual que ya es demasiado tarde para que nada comprendan todos los loritos mediáticos que ahora gritan histéricos: "¡Lerroux! ¡Lerroux!". No saben, pobres, que el inesperado viajero que ocupaba aquel vagón que una noche arribó a la Estación de Finlandia no era Lerroux, sino Lenin. Ni que, justo desde el mismo instante en que cruzó la frontera, empezó a escribirse el final de Kerenski. Aquél sí fue un Día Histórico. Con mayúsculas.

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