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Prueba irrefutable de que lo del tal Anxo Quintana hubo quien lo vio venir de lejos es cierta carta que, en 1881, remitiera Rosalía de Castro a su marido. Aquella misiva en la que notificó al legítimo tal nueva como la que sigue: “Ni por tres, ni por seis, ni por nueve mil reales volveré a escribir nada en nuestro dialecto. Ni acaso tampoco a ocuparme de nada que a nuestro país concierna. Con lo cual él no perderá nada, pero yo perderé mucho menos todavía”. Y bien sabe Dios que cumpliría la palabra dada esa gran señora, pues hasta el final de sus días, nuca jamás concedió redactar una sola palabra que no fuese castellana.
Otro que, por fuerza, hubo de estar en el secreto de que Anxo ya no andaba lejos debió ser el erudito lexicógrafo Don Juan Manuel Pintos, meritorio autor, en 1853, del primer vocabulario gallego-español del que acusan recibo los anales. De ahí que, adelantándose siglo y medio a ese marxismo-leninismo agropop que gasta el BNG, sentenciara en elegante pareado: ¿Qué gramática estudiaron Moisés nin tampouco Homero? ¿E non foron os escritores millores do mundo inteiro? Con lo que le venía a decir a usted que si un rapaz como Pepiño Blanco habría de tomar Madrid, a ver si Anxo iba a ser menos y no debieran Ponferrada y el Bierzo todo caer rendidos a sus zocas.
De hecho, si en este asunto algo extraña al avisado es que Nostradamus obviase mencionar el inminente prodigio en sus célebres Prophéties. Mas no por ello se nos antojaría prudente tomar a chanza ese Imperio del Pulpo A Feira que promete servirnos Quintana. Además, bien mirada, la solución Anxo encierra la piedra filosofal que ha de resolver el secular drama de la invertebración hispana. ¿Acaso no sostiene el Bismarck de Allariz que debieran adherirse al nuevo Estado todos los ayuntamientos que presenten “características análogas a los gallegos”? ¿Tal vez no nos garantiza esa reencarnación de Breogán que una ley del Parlamento gallego, impecablemente democrática por lo demás, regulará las anexiones? ¿Es que no restringe el cupo de los territorios llamados a integrarse en la Nueva Icaria sólo a los que compartan rasgos “lingüísticos, culturales e históricos” con Betanzos y Chantada? Pues, oiga, problema solucionado.
Porque en lo tocante a la parte galaica, poco conflicto lingüístico habría: siglos ha que la gran mayoría de ellos abraza como lengua predilecta el castellano. Igual, por otro lado, que más de la mitad de los catalanes, incluidos los que descendemos de gallegos. Y tal como ocurre con los vascos, como es del dominio público. Por lo demás, zotes, rudos, catetos, ilustrados y lumbreras se distribuyen con armoniosa homogeneidad por la superficie de la península, como convendrá cualquiera que viaje a menudo. Razón de que el requisito de los “rasgos culturales” tampoco suponga impedimento para que provincia alguna se haya de sentir excluida del magno llamamiento unificador de Anxo. Dicte, pues, el soberano Parlamento gallego el edicto que nos someta a su cultura, costumbres, tradiciones y lengua, es decir, a lo nuestro de toda la vida. Refundemos así España, con Anxo a la cabeza. Y acabemos, al fin, con esta farsa carnavalera de las diecisiete nacioncitas de la Señorita Pepis.

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