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Salvar al planeta... del ecologismo

Los ecologistas ya lo han conseguido. Me refiero a la práctica conquista de las mentes de la mayoría de una ciudadanía (derecha, centro, izquierda) totalmente desprevenida. Escribía Antonio Gramsci, el ideólogo marxista que desarrolló como nadie la doctrina expansiva del leninismo para la infiltración y la conquista de las sociedades occidentales, que "toda revolución política ha sido precedida por un trabajo de crítica, de penetración cultural, de permeación de ideas a través de agregados humanos, al principio refractarios y sólo atentos a resolver día a día sus problemas cotidianos" (Socialismo y cultura, publicado el 21 de enero de 1916). Gramsci a continuación, se dedicó a idear las claves estratégicas para la elaboración de esa nueva cultura: la "educación de masas" se debería llevar a cabo mediante un intenso trabajo de propaganda-"educación". La lucha por la sociedad civil apunta a apoderarse uno tras otro de los instrumentos de difusión de ideología –escuelas, medios de comunicación y prensa, casas editoriales, etc.– así como de los productores de ideología: los intelectuales. Justo lo que han hecho los ecologistas. Pregúntele a su niño por lo qué le enseñan en el colegio, encienda la televisión, visite las librerías...

Es verdad que los ecologistas tenían más difícil que los leninistas, conseguir el cambio a su paradigma cultural. No es fácil vender la idea de que el desarrollo industrial y económico –que ha hecho que hoy día trabajemos ocho horas diarias con dos días de descanso semanales y un mes de vacaciones, en vez de hacerlo de sol a sol por un puñado de arroz, teniendo comodidades impensables para los faraones del antiguo Egipto y con una esperanza de vida que ha aumentado más de treinta años en el último siglo, etc.– sea en realidad el envenenamiento del medioambiente. Sin embargo, lo han hecho. Hoy se deja sin agua potable a poblaciones enteras durante meses para permitir que un par de águilas puedan seguir anidando cada año, o se considera que disparar contra un lagarto es algo éticamente mucho más terrible que el aborto o la esterilización forzosa, que parecen ser por contra, grandes conquistas sociales.

Menos fácil de vender aún era el desvarío humanofóbico de que el hombre es un virus para la Tierra. Tengo delante un panfleto de Greenpece titulado "Paraíso perdido – Cuenta atrás para la Destrucción" en el que se lee: "El Hombre moderno ha multiplicado a sus miembros a proporciones de plaga, saqueando al planeta en busca de combustible y ahora se yergue como una bestial criatura regodeándose". También han logrado vender eso. Pese a lo que pudiéramos creer algunos reaccionarios, la Naturaleza jamás ha sido un lugar hostil a conquistar y dominar. No, "Gaia sólo reacciona frente a las agresiones del ser humano". El ideólogo antiglobalización John Zerzan ya lo ha adelantado. El Hombre de Cromagnon vivía en armonía y paz. Los males comenzaron al tratar de modificar el entorno. Ni construir casas, ni hacer carreteras. Ni utilizar raticidas, ni drenar los pantanos. Ni encauzar los ríos, ni construir embalses. ¿Lo bueno? Vivir en cuevas, respetar las selvas, convivir con las ratas y los mosquitos de la malaria y soportar las riadas y las sequías. Merece la pena si con ello salvamos al sapo de manchas verdes.

¿Que estoy exagerando? Hace dos semanas se produjeron fuertes riadas en Centroeuropa. Un fenómeno natural más o menos periódico, como coincidieron en señalar prácticamente todos los climatólogos serios consultados. El sentido común dice que sólo la industrialización y el desarrollo permiten hacer frente a este tipo de calamidades. Pedir sentido común es demasiado a estas alturas. Para los medios de comunicación oportunamente infiltrados estábamos, por contra, ante este fenómeno por primera vez en la Historia de la Tierra. La causa por supuesto era la acción del hombre, según nos "explicaba" algún "experto" de Greenpeace. Algo por otra parte habitual. Antes de la caída del comunismo siempre teníamos que escuchar las manifestaciones de la agencia soviética TASS, ahora las hemos sustituido por la pertinente declaración de Greenpeaece. La conocida táctica de manejar la culpa y el miedo de la gente para acumular poder para sí mismos, continuaba su curso. Recuerdo que Steven Schneider ya lanzó esa consigna hace tiempo. Achacar cualquier catástrofe natural al hipotético cambio climático supuestamente provocado por la acción del hombre. Así se trata de llevar a la gente a creer que las catástrofes naturales no existen y que el capitalismo está detrás de todos los males, sequías, inundaciones y terremotos incluidos.

William Dodd uno de los directores de la firma de consultores Craver, Mathews, Smith & Cia., encargada de recaudar fondos para grupos ecologistas, daba el siguiente consejo: "Se necesita un sentido de la urgencia y se necesita un enemigo. La exageración funciona. En realidad es lo único que funciona".

Esta semana, los gobiernos mundiales discuten con toda seriedad la "solución" consecuente que proponen los ecologistas: caminar hacia el genocidio (no se me ocurre otro nombre para la natural consecuencia de abogar por reducir el "impacto" de la especie humana sobre el planeta). Sólo los EE.UU. parecen mantener cierta sensatez, negándose a participar en semejante farsa. Claro que para Antena 3 los "mayores envenenadores del Planeta" muestran una vez más su carácter indeseable. A esos "envenenadores" sólo les debemos el 40% de la riqueza que se crea anualmente en el mundo o más del 65% de los avances tecnológicos del último siglo. Sin duda, habríamos estado mejor sin la luz eléctrica, el magnetófono, el teléfono –el fijo y el móvil–, el avión, la televisión, la fotocopiadora, internet y tantas y tantas cosas. Si tenemos en cuenta que el aire que allí se respira es más limpio cada año, según las estadísticas de la propia EPA (Agencia de Protección del Medio Ambiente), tráiganme muchos de esos envenenadores.

En verdad, sí que es necesario salvar al planeta... de los ecologistas.

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