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Susanato, año 1, día 1

El régimen andaluz sabe que para que todo siga igual es preciso que todo cambie; o, al menos, que así lo crea la ciudadanía.

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Detesto tener que usar la frase de Lampedusa, pero define con precisión lo que aquí ocurre: el régimen andaluz sabe que para que todo siga igual es preciso que todo cambie; o, al menos, que así lo crea la ciudadanía.

Thast is the question. No hay cambio que valga. Ni relevo generacional ni de ninguna otra clase. Ni cambio de objetivos (permanecer en el poder otros 20 años, Susana dixit), ni cambio de programa ("… que asumo en su integridad como hoja de ruta fundamental…", Pixi), ni cambio de personas ni de métodos (siguen mandando los mismos –en el Partido y en el Gobierno, donde la mayoría de los consejeros de Griñán continúan– y seguirán, como hasta ahora, usando la vileza, la trapacería, el unte, la concusión y el latrocinio como instrumentos para sus fines). ¿Cambio de qué, pues?

Como señaló acertadamente en estas columnas Pedro de Tena, esta operación es una farsa. Una farsa y una espantá. Una farsa ridícula, ejecutada ridículamente, ¿cómo podría ser de otro modo con tales actores? Y una espantá tragicómica. Como en El maestro y Margarita, el rey blanco descoronado ha salido huyendo del tablero y el alfil se ha investido de armiño; claro que, aunque no demasiado, podría haber sido peor: coronar al caballo, como hizo Calígula.

Griñán, con el bocado de Aris en el culo, se ha escondido; y, como hacen los capos de la mafia, pretende seguir controlando el negocio desde la sombra. Por eso no deja la Presidencia del partido, ni la Secretaría General en Andalucía, ni el escaño, ni nada. Es más, busca la seguridad de la madriguera del Senado, en la que se meterá pronto; y donde, por cierto, dicen que le acompañará la Aguayo, su incondicional segunda, la que ocultaba en el cajón los informes del interventor, para no darle disgustos a su jefe, pobrecillo. El régimen, en su neolengua, llama a eso colaborar con la justicia.

¡Qué desvergüenza! ¿Hasta dónde será necesario hundirse para que algo cambie? ¿En qué país sino en España los canallas buscan amparo bajo los ropones de los magistrados?

Sin embargo, parece que esto es lo que desean los hombres de luz –con alma de esclavos–; los presagios de los arúspices de la sociología siguen apuntando en la misma dirección. Yo, como Sócrates, me someto a su dictamen; si es ese el deseo de los atenienses, beberemos la cicuta liberticida, que así sea. Se barrunta largo el Susanato. Comienza su primer año triunfal, trigésimo tercero de la era socialista. Los de mi generación no conoceremos otra cosa. Tampoco lo conocerán mis hijos ni, tal vez, mis nonatos nietos. ¡Qué suerte hemos tenido, vivir bajo el socialismo!

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